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Criaturas, os doy vuestro ser
Hace varios años, tuve una conversación reveladora con mi higienista dental. Mientras me hacía una entrevista sobre mi historial médico, Christy —para quien yo era una paciente nueva— fue sacando a relucir poco a poco los acontecimientos de los últimos siete años de mi vida. «Así que te mudaste a Los Ángeles después de tener a tu primer hijo y, luego, cuando estabas embarazada de gemelos, ¿te mudaste aquí, a Spokane?».
Asentí con un «Ugnnnhhh» mientras tenía los dedos de su guante en la boca.
«Vaya, gemelos, no me extraña que no hayas tenido tiempo para ir al dentista», dijo.
(Claro, esa es la razón…)
«¿Así que fue dos años después de tener a los gemelos cuando te enteraste de que tu hija era diabética?». Retiró las manos y esperó mi respuesta.
«Ajá… Y luego, el año pasado fue cuando me operaron de la espalda», dije con cierta vergüenza, consciente de lo dramáticos que sonaban esos años de mi vida sobre el papel.
«Vaya», dijo mientras me metía el aparato de rayos X en la boca, «has tenido una vida realmente genial».
… cada vez que he superado la incomodidad, ha habido un momento rebosante de gloria al otro lado.
Qué regalo es la vida. En cada detalle de su caótica gloria, la vida no es más que un regalo, un beso en la frente del Padre que nos ama. Poquito a poco estoy aprendiendo a no desear borrar los capítulos de mi historia que yo no escribí. Tal y como me enseñó mi profesora de inglés de secundaria, estoy aprendiendo a no borrar nunca nada, porque nunca se sabe qué puede surgir de las frases de tu historia que, a primera vista, parecen indeseables.
Me he dado cuenta de que muchas de las historias más significativas son aquellas que sus autores nunca habrían elegido por sí mismos. Esta verdad se hace patente a lo largo de este número de El mensaje de la Biblia abierta, donde una historia tras otra revela la hermosa obra de Dios a través de circunstancias que fueron todo menos fáciles. Si borrara todas las frases de mi propia historia que me causan incomodidad, no me quedaría nada significativo; mi vida sería una pila de hojas en blanco. Cada momento incómodo me llevó a descubrir la realidad: quién era yo realmente, quién era Dios realmente y de qué se trataba realmente la vida.
Estoy aprendiendo a afrontar los momentos incómodos en lugar de huir de ellos, y aquí está la razón: cada vez que he superado la incomodidad, me he encontrado con un momento bañado en gloria al otro lado. El fuego, las olas, el viento… todo merece la pena y podemos atravesarlos sabiendo que Dios está con nosotros y nos espera al otro lado.
Entonces Dios dijo: «Hagamos a los seres humanos a nuestra imagen, para que sean como nosotros. Ellos reinarán sobre los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, todos los animales salvajes de la tierra y los animales pequeños que corren por el suelo» (Génesis 1:26, NTV).
Nos volvemos más humanos, más nosotros mismos, después de haber sufrido un poco. Aunque el sufrimiento nunca formó parte del plan original de Dios, Él lo utiliza para restaurarnos según su diseño original para nosotros. A medida que el sufrimiento nos acerca más a Él, empezamos a parecernos más a la persona que Él quiso que fuéramos. ¿No es increíble que volvernos «más humanos» signifique, en el sentido más verdadero, volvernos más como Dios? Al fin y al cabo, los seres humanos fuimos creados originalmente a su imagen (Génesis 1:26). No podría haber mayor privilegio, ni regalo más dulce.
Nos volvemos más humanos, más plenamente nosotros mismos, después de haber sufrido un poco.
Hay un pasaje en «El sobrino del mago» de la serie Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, en el que Aslan, el león (el personaje que representa a Dios en la historia), acaba de dar vida a toda la creación, incluidas las que antes eran las «bestias mudas» de la tierra. Una vez que todos y todo han despertado a una nueva vida, Aslan dice algo extraordinario: «Criaturas, os doy vuestro ser» (capítulo 9). Esta frase, que por cierto me hace llorar cada vez que la leo, lo resume todo: Nuestro verdadero yo, diseñado por Dios, nos fue dado como un regalo. Al igual que Aslan, Dios da forma a nuestras vidas y nos las entrega sin reservas, plenamente seguro de su valor y suficiencia. Si Él está tan seguro del valor de este regalo, entonces oro para estarlo yo también.
Aslan les recuerda a sus criaturas «los caparazones» de dónde proceden y, al hacerlo, les advierte que no vuelvan a ellos, que no renuncien a la vida vibrante y auténtica con la que él las ha bendecido. Este recordatorio de Aslan se ha convertido en mi oración. La vida auténtica que Dios me ha regalado vale todo lo que he tenido que pasar para conseguirla y no quiero renunciar a ella jamás. Que nunca vuelva al caparazón del que procedo.
Aquí está, pues, mi vida, impregnada de sufrimiento y alegría, bendecida por Dios. Esta es mi historia, y me niego a menospreciarla.
Sobre la autora
Hannah Bemis en la actualidad trabaja como editora y directora de El Mensaje de la Biblia Abierta. Siempre quiso hacer muchísimas cosas cuando fuera mayor, y Dios le ha permitido realizar la mayoría de ellas en diferentes etapas de su vida. Después de dedicarse a la crianza de los hijos, la enseñanza, la escritura y el trabajo pastoral, la aventura más reciente de Hannah y de su esposo Jordan ha sido la plantación de la iglesia College Street Church en Newberg, Oregón. Su pasión, además de Jesús y de todos sus seres queridos, la dedica en forma proporcional a la pizza y al chocolate negro.
