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Pensé que Dios no me quería 

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Por Harris Holsapple IV 

La Palabra de Dios dice que podemos vencer al enemigo por medio de la sangre del Cordero y la palabra de nuestro testimonio, así que quiero compartir mi historia. Toda mi vida he asistido a la iglesia. De hecho, mi abuelo fue ministro de la Iglesia Metodista durante treinta o cuarenta años.

Mi familia iba a la iglesia; era lo que hacíamos. No lo que éramos. Cuando estaba en séptimo y octavo grados, algunos de los líderes de nuestra iglesia me hirieron profundamente, haciéndome sentir poco amado. Pensé: «Si la gente de la iglesia piensa que soy un problema y así me tratan, entonces Dios debe pensar lo mismo». Semillas de amargura y rabia echaron raíces en mi corazón. Nuestra familia terminó, herida y destrozada, dejando esa iglesia. 

Cuando estaba en noveno grado, visitamos una iglesia pentecostal. Allí escuché el mensaje de cómo Jesús nos ama y nos acepta tal y como somos. 

Pensé: ¿Qué? ¿Él me acepta tal como soy? Ese mensaje de pura gracia habló a mi corazón, y le entregué mi vida a Jesús. No digo que de pronto todo fue maravilloso, pero ese fue el comienzo de mi viaje hacia la fe.    

Como la mayoría de las familias, la mía no era perfecta, pero crecí en un hogar que me apoyaba y estoy agradecido por mi familia. Sin embargo, estaba lleno de ira a causa de mis heridas. A una edad temprana, estuve expuesto a la pornografía y me volví adicto a ella por mucho tiempo. Esta adicción se extendió a mi vida de Seminario Bíblico y a mi matrimonio. Esto causó aún más problemas relacionados con la ira.  

La ira es una emoción secundaria. Como una hierba mala con raíces profundas que no deja de florecer, mi ira seguía resurgiendo debido a que no había llegado a la raíz de mi problema. Mis manos están llenas de cicatrices debido a los golpes que di por no saber cómo manejar mi ira. Amaba a la gente, bromeaba con ella, hablaba mucho, pero siempre estaba enfadado, herido y destrozado interiormente. 

Me dediqué al ministerio justo después de salir del Seminario Bíblico, me casé y me mudé a 2.000 millas de distancia, de Oregón al Medio Oeste. Pensé que, por estar en el ministerio, tenía que decir que sí a todo, y hacer todo. Trabajé día y noche. Decía sí a todo el mundo, menos a mi esposa, Sarah. No fue hasta años después que me di cuenta de que tenía que parar de intentar ser Jesús y empezar a dirigir a la gente hacia Jesús. Necesitaba dejar de tratar de ser el Salvador y en cambio guiar a otros hacia el Salvador. Me encontraba en un momento muy solitario y difícil. Luego, a los dos años de mi matrimonio y ministerio, mi ira me llevó a ser arrestado, y fui a la cárcel el 3 de julio de 2006.

La familia Holsapple.

Al día siguiente, el Día de la Independencia, las oficinas estaban cerradas, así que tuve que pasar dos noches en la cárcel antes de presentarme ante el juez. Me vi obligado a pensar en lo que había hecho y en la situación en la que me encontraba. Después de ser liberado, me di cuenta de que había perdido mi ministerio, mi trabajo y tal vez a mi esposa. Recuerdo arrastrarme bajo la mesa del comedor en posición fetal, totalmente solo, a dos mil millas de distancia de mi familia y de todo aquello donde crecí, sintiéndome un completo fracaso.   

El acusador de nuestras almas me seguía repitiendo la misma frase: «¡Mira lo que has hecho! Mira lo que has hecho». Sentía que me invadía la oscuridad, tenía que tomar una decisión: renunciar al llamado que Dios había hecho sobre mi vida o luchar por él. Sentía que mi vida estaba en una «intersección». Podía ir por un camino oscuro o elegir un camino que sería duro, pero en el que estaría siguiendo a Jesús. En ese momento, debajo de esa mesa, entregué mi vida, mis adicciones y mi ira a Dios. No he lidiado con la ira desde el 3 de julio de 2006. 

La mayoría de las cosas fueron restauradas, pero aún estaba herido. El diablo seguía mintiéndome, diciendo: «Has perdido el ministerio. Has decepcionado a mucha gente. Dios no quiere usarte. Eres un desastre».  

Nos mudamos de Illinois a la casa de mi suegro en Arkansas, en un intento por recuperarnos. Pude encontrar trabajo a tiempo completo en una compañía de Fortune 500, lo que fue una gran bendición, y Dios continuó bendiciéndome con ascensos en el trabajo. Con el tiempo, la gente nos animó a Sarah y a mí a volver al ministerio, pero sabíamos que no estábamos listos aún, hasta unos años después, cuando decidimos dedicarnos al ministerio a tiempo parcial como pastores de jóvenes. Sin embargo, al contratar a un nuevo pastor para dirigir nuestra iglesia, no le gustó algunas de las cosas que yo hacía o decía. Mi llamado fue cuestionado, y la confianza de los otros líderes en mí desapareció. 

El diablo se aprovechó de la situación y dijo: «Ves, te lo dije». Me sentí tan herido que acabé dejando la iglesia.  

Sarah decidió asistir a otra iglesia pentecostal que había encontrado, pero yo no quería ir. Sentía que Dios se avergonzaba de mí. Afortunadamente, mi esposa no se dio por vencida. Siguió pidiéndome que la acompañara a la iglesia. Finalmente, cedí y fui, pero me quedé sentado en la parte de atrás. Unas semanas después, un evangelista con dones de profecía y palabras de conocimiento habló en nuestra iglesia. Yo nunca había visto nada semejante y pensé que se trataba de una locura.  

Sin embargo, en medio de su sermón, el evangelista me llamó diciendo: «Tú, el de atrás, el de la camisa de tal color».  

Después de mirar a mi alrededor, me di cuenta de que me estaba hablando a mí. 

«El enemigo te ha estado mintiendo». Dijo: «Y todo lo que te han hablado, lo que han dicho de ti y las cosas que crees son mentira. Has sido llamado al ministerio. Dios tiene una llamado en tu vida, y te está volviendo a llamar». 

El evangelista continuó rápidamente con su predicación, pero yo estaba quebrantado. No podía creer que Dios me amara tanto como para encontrarme en una sala de cuatrocientas personas, llamarme y decirme: «Tienes un llamado». 

En ese momento seguí verdaderamente a Jesús con TODO lo que tenía. Unos meses después fui bautizado en el Espíritu Santo y fui lleno de su poder. Dios ha sido el que ha hecho la diferencia en mi vida. 

Al poco tiempo, Sarah y yo nos mudamos a Iowa donde comencé a servir como pastor de jóvenes y eventualmente me convertí en pastor principal. Mi esposa y yo hemos estado casados casi dieciocho años, y tenemos dos hijos hermosos. A pesar de mí mismo Dios nos está usando, debido a que Jesús hace la diferencia. Estoy muy agradecido por lo que Jesús ha hecho y por la resurrección. Créanme, yo sería el último en decir: «Voy a pararme a predicar frente a un montón de personas» porque el enemigo me dice constantemente que no soy digno. Pero es Dios quien trabaja a través de mí, Él es digno.  

Dios también desea restaurarle, sanarle y liberarle. Si desea esto, haga la siguiente oración conmigo.

Señor Jesús, reconozco que soy pecador y necesito un Salvador. La Biblia dice que si confieso con mi boca y creo en mi corazón que Jesucristo resucitó de entre los muertos seré salvado. Señor, perdona mis pecados. Creo que Tú eres el Salvador. Sé el Salvador, haz la diferencia en mi vida. Amén.  

Esta travesía ha sido difícil, pero ha sido increíble. ¡Jesús es la diferencia!

Harris Holsapple IV es el pastor principal de la Primera Iglesia de la Biblia Abierta en Cedar Rapids, Iowa. Lidera la iglesia con una visión fresca, con entusiasmo, pasión e ideas creativas para ganar Cedar Rapids y sus alrededores para Cristo. El pastor Harris tiene un corazón deseoso de ver vidas transformadas por el poder del Espíritu Santo y ver a la gente experimentar una nueva vida. Él y su esposa, Sarah, tienen dos hermosos hijos.

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Abracemos el llamado a la unidad en el Espíritu 

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Me siento orgulloso de haber sido ministro acreditado de las Iglesias de la Biblia Abierta durante más de cuatro décadas. Ha sido un privilegio servir en diversos contextos dentro de nuestra maravillosa familia, compuesta por varios cientos de congregaciones en Estados Unidos y varios miles en todo el mundo. A lo largo de estas décadas, Dios ha ido ampliando poco a poco mi comprensión de lo que significa pertenecer a Su Iglesia. 

He disfrutado de la enriquecedora experiencia de hacer mías muchas de las características distintivas que hacen de la Biblia Abierta, precisamente, la Biblia Abierta: Nuestro compromiso inquebrantable con las Sagradas Escrituras como la Palabra de Dios inspirada y autoritativa; nuestra determinación de fundar y mantener iglesias locales sanas y dinámicas; nuestra pasión por la plenitud y los dones del Espíritu Santo que actúan en nuestra vida cotidiana; y mucho más. 

Y, sin embargo, a pesar de que la belleza de estas características eclesiásticas es tan evidente en nuestro movimiento, creo que me he dado cuenta de que los valores y prácticas fundamentales que compartimos no son exclusivos nuestros. De hecho, cuando damos un paso atrás y reflexionamos sobre quién forma parte del Cuerpo de Cristo, descubrimos que tenemos mucho en común con nuestros hermanos y hermanas de todo Estados Unidos y del mundo. Una amistad inesperada bastó para profundizar mi comprensión de lo que significa pertenecer no solo a las Iglesias de la Biblia Abierta, sino a la Iglesia….  

Pentecostales de todo el mundo que asistieron al Foro Cristiano Mundial en Accra, Ghana, en abril de 2024.

Para mí ha sido una experiencia que me ha hecho sentir humilde al recibir la gracia y el amor de otras personas diferentes a mí, incluso antes de estar preparado para corresponderles. Un ejemplo de ello lo encuentro en mis años como participante en el Diálogo Internacional Católico-Pentecostal. Este diálogo, que sigue en marcha, fue iniciado en la década de 1970 por David du Plessis, conocido como el «Sr. Pentecostés», y el padre Kilian McDonnell, un teólogo católico. Cuando asistí por primera vez a una sesión de este diálogo en 1993, estaba tan enfocado en mis desacuerdos con las doctrinas y prácticas católicas que no estaba preparado para mostrar mucha hospitalidad. Pero, con el paso de las décadas llegué a conocer bastante bien al copresidente católico, el padre Kilian. Me sorprendió lo bien que conocía a los pentecostales como yo, lo mucho que deseaba aprender más y lo mucho que se preocupaba por nosotros. Era respetuoso, honesto y compasivo. Obviamente, no estábamos de acuerdo en todo. Pero se convirtió en un mentor para mí, enseñándome cómo tratar a otras personas que eran diferentes a mí. Y nos hicimos amigos. Falleció el año pasado a la edad de 100 años, y tuve el honor de asistir a su funeral. Esa experiencia cambió mi forma de ver la Iglesia global.  

Father Kilian McDonnell

Las siguientes cifras ofrecen una imagen impresionante de la familia global que comparte nuestra fe evangélica, pentecostal y carismática. Según el informe «El estado del cristianismo mundial en 2026», hay más de 1100 millones de cristianos en todo el mundo que se identifican como evangélicos, pentecostales o carismáticos. De estos, aproximadamente 676 millones son pentecostales o carismáticos.   

Esta familia global es maravillosamente diversa e incluye denominaciones pentecostales clásicas como las Iglesias de la Biblia Abierta, redes carismáticas independientes, carismáticos católicos y creyentes carismáticos pertenecientes a numerosas tradiciones protestantes (anglicana, metodista, etc.).  

Entonces, ¿por qué son importantes estas cifras? Nos recuerdan que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos. No estamos solos y, desde luego, no somos «pequeños». Junto con nuestros hermanos y hermanas evangélicos, pentecostales y carismáticos de todo el mundo, formamos parte de un contingente formidable dentro del ejército del Señor. Hemos de recordar que pertenecemos a la IGLESIA en toda su inmensidad es, a la vez, una lección de humildad y un estímulo. 

Pero eso no significa que tengamos que renunciar a nuestro maravilloso legado, nuestra cultura y nuestra belleza, que nos definen como Iglesias de la Biblia Abierta. Tenemos algo que aportar al resto de la Iglesia. Me viene a la mente la palabra profética pronunciada hace unas décadas en una de nuestras convenciones: «¡Las Iglesias de la Biblia Abierta son un órgano vital del Cuerpo de Cristo!». Esa afirmación nunca ha sido más cierta.  

“Open Bible Churches no es ‘la Iglesia’.
Open Bible Churches es parte de la Iglesia
— una parte maravillosa,
pero una parte”.

Sin embargo, tampoco queremos caer en el aislamiento ni en el sectarismo. Las iglesias de la Biblia Abierta no son «la Iglesia». Las iglesias de la Biblia Abierta formamos parte de la Iglesia. Una parte maravillosa, pero solo una parte. Por eso, es saludable que recordemos a nuestros hermanos y hermanas de otras denominaciones y redes, que oremos por ellos e incluso que cooperemos con ellos en iniciativas comunitarias y regionales para cumplir fielmente con nuestro llamamiento y nuestras responsabilidades de hacer avanzar el Reino de Dios en la tierra.  

Una de las formas más importantes de crecer en unidad como creyentes es empezar por reconocer y valorar la diversidad del Cuerpo de Cristo. Dios no nos creó a todos iguales. La unidad no es uniformidad. El viejo adagio sigue siendo válido: «En lo esencial, unidad; en lo no esencial, diversidad; y en todo, caridad». Ojalá podamos aceptar nuestras diferencias con claridad, respeto y, sobre todo, amor. Podemos abrazar la gracia y la verdad al mismo tiempo y, de hecho, estamos llamados a ello. 

Sin duda conoces a algunos seguidores de Jesús en tu comunidad (y probablemente en tu propia familia) que no pertenecen a las Iglesias de la Biblia Abierta. A todos se nos invita a que los amemos, a que estemos agradecidos por todo lo que compartimos con ellos y a que les ofrezcamos un poco de espacio (y de gracia) en nuestras diferencias. No es fácil. De hecho, es un trabajo duro. Recuerda las palabras del apóstol Pablo: «Por eso yo, que estoy preso por la causa del Señor, les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido, siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz.». (Ef. 4:1-3, NVI). Si mantener la unidad fuera fácil, Pablo no habría tenido que exhortarnos a «esforzarnos» para lograrla.  

Jesús nos recuerda que la unidad no es solo para nuestro beneficio: es uno de los testimonios más claros ante un mundo que observa.

Pero, si estamos dispuestos a pagar el precio para ver la gran Iglesia de Dios y amarla como Él la ama, nos pareceremos más a Cristo y contribuiremos a ser la respuesta a una de las últimas oraciones que Jesús elevó antes de ir a la cruz por nosotros: «…para que sean uno, como nosotros somos uno —yo en ellos y tú en mí—, a fin de que alcancen la plena unidad. Así el mundo sabrá que tú me enviaste y que los has amado como me has amado a mí» (Juan 17:22-23, NVI). Jesús nos recuerda que la unidad no es solo para nuestro beneficio, sino que también es uno de los testimonios más claros ante un mundo que nos observa. 

Juntos, pidamos al Señor que nos conceda la capacidad de ver la grandeza y la belleza de su Iglesia, y que reconozcamos y amemos a nuestros hermanos y hermanas en Cristo de una manera tan evidente que nos convirtamos realmente en la respuesta a la oración de Jesús en Juan 17. ¿Amén?  

A continuación, encontrarás algunos recursos en inglés que abordan algunas de estas cuestiones relacionadas con la unidad de los cristianos: 


Sobre el Autor

David Cole es ministro acreditado de las Iglesias de la Biblia Abierta desde 1984. En la actualidad, es profesor de Teología Histórica en The King’s University, en Southlake, Texas. También participa en diversas iniciativas para fomentar la unidad entre los creyentes en Jesús. Con este fin, actualmente ocupa el cargo de presidente de la Comisión de Unidad Cristiana de las Iglesias Pentecostales y Carismáticas de Norteamérica. Él y su esposa, Julie, son padres de cuatro hijos y abuelos de diez nietos, y actualmente residen en Newberg, Oregón, donde asisten a la iglesia College Street Church. 

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El Reino es lo primero 

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Hace unos años, cuando era pastor en California, nuestra iglesia tenía un sueño para nuestro viaje misionero a México: construir dos casas para dos familias necesitadas. Creíamos que era un sueño inspirado por Dios, pero solo contábamos con recursos suficientes para construir una casa (e incluso eso era todo un reto). A pesar de nuestra planificación y de las oraciones, los recursos para la segunda casa parecían inalcanzables. 

Entonces ocurrió algo inesperado. Un pastor de otro estado se enteró de lo que estábamos intentando lograr. No pertenecía a nuestra iglesia. Tampoco pertenecía a nuestra denominación. De hecho, no tenía ninguna obligación ni beneficio alguno por ayudarnos. Sin embargo, creía en la visión que Dios nos había dado. Su iglesia aportó los fondos restantes y, gracias a su generosidad, dos familias, en lugar de una, recibieron una vivienda. 

Nunca he olvidado esa respuesta porque me recordó que el Reino de Dios siempre ha sido más grande que cualquier iglesia, ministerio o incluso denominación. 

En un mundo en el que a menudo se celebra el forjarse un nombre y crear una plataforma propios, las palabras de Jesús suponen todo un reto: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia…» (Mateo 6:33, RVR1960) 

«Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia…»

(Mateo 6:33, RVR1960)

Fíjate en lo que Jesús no dijo. No nos dijo que buscáramos primero nuestros propios ministerios, iglesias o reputación. Nos llamó a buscar primero Su Reino. Y cuando lo hacemos, ocurre algo maravilloso. 

Empezamos a celebrar lo que Dios está haciendo más allá de nuestras propias paredes. Dejamos de preguntarnos: «¿En qué nos beneficia esto?», y en su lugar nos preguntamos: «¿Cómo podemos sumarnos a lo que Dios está haciendo?». Nuestra perspectiva pasa de la propiedad a la administración, y de construir nuestros propios reinos a hacer avanzar el Suyo.  

Creo que este cambio de perspectiva es una de las razones clave por las que la Iglesia primitiva experimentó una multiplicación y una unidad tan extraordinarias. 

Hechos 2 nos ofrece una de las imágenes más claras de toda la Escritura de lo que ocurre cuando el pueblo de Dios antepone Su Reino a todo lo demás. Este capítulo es, en muchos sentidos, la historia de «todos». O, como me gusta decir, «El poder de nosotros».   

El resultado que vemos es doble: gozaban de la buena voluntad de todo el pueblo, y Dios añadía cada día a la iglesia a los que iban a ser salvos. 

Su unidad hizo que el Reino de Dios se multiplicara más allá de lo que cualquier persona pudiera lograr o esperar. Su unidad no era algo artificial; se basaba en buscar primero el Reino de Dios y su justicia. 

Me parece genial cómo expresa esta verdad el Salmo 133:

«¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! […] Porque allí envía Jehová bendición, Y vida eterna»
(Salmo 133:1-3, RVR1960).  

¿Cuándo se derraman las bendiciones del Señor? Cuando su pueblo da prioridad a la unidad.   

Cuando las iglesias colaboran en unidad, esa unidad no resta importancia a cada iglesia en particular. Más bien al contrario. Creo firmemente que la iglesia local es el plan de Dios para alcanzar al mundo. Cada iglesia es importante. Cada pastor es importante. Cada congregación tiene un llamado único que cumplir.   

Pero lo que resulta alentador es saber que nuestras iglesias locales forman parte de algo mucho más grande. Las iglesias de la Biblia Abierta no es el Reino de Dios. Tu iglesia local no es el Reino de Dios. Pero juntos tenemos el privilegio de formar parte de la Iglesia de Jesucristo, haciendo avanzar Su Reino junto a hermanos y hermanas de todas las tribus, lenguas y naciones, que proclaman a Jesucristo como Señor.  

Imagina lo que podría suceder si cada iglesia celebrara cada vida transformada, cada iglesia fundada, cada misionero enviado, cada líder formado, cada comunidad transformada, no porque haya sucedido a través de «nuestro» ministerio, sino porque ha hecho avanzar Su Reino. No todos tenemos la misma tarea, pero sí compartimos la misma misión.  

No todos tenemos la misma asignación, pero sí compartimos la misma misión.

Creo que ese es el tipo de unidad por la que oró Jesús. Creo que ese es el tipo de unidad por la que luchamos. Es el tipo de unidad que vivió la Iglesia primitiva, y es el tipo de unidad que nuestro mundo necesita desesperadamente ver hoy en día. 

¿Recuerda a aquel pastor que ayudó a mi iglesia a construir viviendas en México? Lo que hizo que su contribución fuera aún más notable fue que su propia iglesia se encontraba en pleno proyecto de construcción. Tenían sus propias necesidades. Podrían haber dicho fácilmente: «Quizá en otra ocasión». En cambio, decidieron invertir en la misión del Reino de otra persona, confiando en que Dios proveería para la suya. Nunca lo olvidaré. No se planteó si se trataba de un proyecto de su iglesia ni qué implicaciones tendría para su propia campaña de construcción. Simplemente reconoció que era la obra de Dios y decidió formar parte de ella.  

Que eso sea cierto para nosotros 

Tal vez eso es lo que Jesús tenía en mente cuando dijo:
«Buscad primero el Reino de Dios».

Cuando el pueblo de Dios busca primero Su Reino, creo que Él sigue haciendo lo que siempre ha hecho. Derrama Su bendición y hace avanzar Su Reino a través de una Iglesia unida.  


Sobre el Autor

Michael Nortune es presidente de las Iglesias de la Biblia Abierta. Ha servido fielmente en la iglesia local durante treinta y cinco años. Desde sus inicios como conserje y jardinero hasta ser el pastor principal de la Iglesia Life Church en Concord (California), Michael ha adquirido experiencia a lo largo de su ministerio en todas las funciones dentro de la iglesia. No sólo tiene experiencia práctica a nivel local, sino que también ha liderado a nivel distrital, regional y nacional dentro de las Iglesias de la Biblia Abierta. Michael y su esposa Julie residen actualmente en Colorado, donde les fascina vivir cerca de cinco de sus seis hijos y sus cónyuges. También disfrutan del tiempo que pasan con su otra hija, que vive en Alabama, y con su primer nieto (¡pero no último!).

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No debería estar aquí 

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Según cualquier criterio humano, mi historia debería haber terminado de otra manera. Las heridas de mi infancia, las decisiones que tomé y la vida que construí me alejaron de Dios en lugar de acercarme a Él. Y, sin embargo, aquí estoy: Un seguidor de Jesucristo, autor, profesor y testigo del poder transformador de la gracia de Dios. 

Cuando miro atrás en mi vida, me vienen a la mente las palabras del himno «Sublime Gracia»: «Fui ciego mas hoy veo yo, perdido y Él me halló». 

Sé lo que significa sentirse perdido. 

Mi infancia estuvo marcada por profundas heridas. El alcoholismo de mi padre provocó gran desolación en nuestra familia, y crecí anhelando su amor y su aceptación. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía seis años. Esperaba que la conmoción terminara, pero surgieron nuevas dificultades, entre ellas el maltrato verbal y físico en nuestro hogar. También sufrí abuso sexual y emocional por parte de chicos y chicas mayores, así como de adultos de mi comunidad. Esas heridas me acompañaron hasta la edad adulta, moldeando la visión que tenía de mí mismo, de mis relaciones y de mi identidad de formas que no llegué a comprender del todo hasta que Cristo comenzó a sanarlas. 

A medida que fui creciendo, busqué la aceptación y la realización en lugares que nunca podrían satisfacerme de verdad. Me casé joven y tuve una hija. Obtuve un título superior y asumí puestos de trabajo cada vez con más responsabilidad. Con el tiempo, inicié una relación con una persona de mi mismo sexo que duró tres décadas.  

A simple vista, mi vida parecía un éxito. Disfrutaba de una carrera profesional en Nueva York, de proyectos empresariales, de éxito económico y de una jubilación anticipada en la costa de Carolina del Norte. Pero, bajo la superficie, me faltaba algo. Había conseguido muchas de las cosas que la gente se pasa la vida persiguiendo, y, sin embargo, me faltaba paz. Dios, sin embargo, no se había rendido conmigo.  

El Señor no estaba exponiendo mi pecado para destruirme.
Lo estaba revelando para poder salvarme.

En su providencia, Dios comenzó a reordenar mi vida. El profundo anhelo de estar más cerca de mi hija y mi nieta me llevó a dejar mi vida de jubilado en la costa y mudarme a Ohio en 2020. En aquel momento, a muchas personas les pareció una decisión irracional. Mirando atrás, puedo ver la mano de Dios guiando cada paso. Entonces llegó el momento que lo cambió todo.  

Una tarde de principios de 2021, estaba sentado solo cuando me topé con una breve reflexión basada en Mateo 7:21-23. Las palabras de Jesús me impactaron con una fuerza que nunca había experimentado: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos». Y luego vinieron las palabras que sacudieron mi alma: «Nunca os conocí; apartaos de mí». 

Durante las siguientes 24 horas, esas palabras no dejaron de resonar en mi mente. Me sorprendí haciéndome preguntas que llevaba años evitando: ¿Estaba siguiendo de verdad a Cristo?, ¿me había inventado una versión de Jesús que se ajustaba a mis deseos en lugar de someterme al Jesús revelado en las Escrituras? 

Desesperado por encontrar respuestas, abrí mi Biblia. Esperaba encontrar la aceptación y la afirmación que había creado en mi mente durante décadas. Sin embargo, me encontré con el Cristo santo y justo de las Sagradas Escrituras.  Mientras leía el Evangelio de Mateo, la Palabra de Dios puso al descubierto mi corazón. La carta a los Hebreos describe la Palabra de Dios como «viva y eficaz», y así es exactamente como la experimenté. La Biblia ya no era solo palabras en una página. Dios estaba hablando. La verdad empezó a sustituir a las mentiras en las que había creído. 

A medida que mi convicción iba creciendo, también lo hacía mi comprensión de la misericordia de Dios. El Señor no estaba sacando a la luz mi pecado para destruirme. Lo estaba revelando para poder salvarme.  

La cuestión ya no era simplemente la sexualidad. La cuestión más profunda era el señorío.

Al final, llegué a una encrucijada. La cuestión ya no era simplemente la sexualidad. La cuestión más profunda era el señorío. ¿Confiaría en Jesús? ¿Confiaría en que Su plan era mejor que el mío? ¿Le entregaría a Él mi identidad, mis planes, mis relaciones y mi futuro? Por la gracia de Dios, así lo hice. .  

El arrepentimiento fue doloroso. La obediencia exigió sacrificio. Pero lo que descubrí al otro lado no fue una pérdida, sino libertad.  

Con el paso del tiempo, Dios renovó mi mente a través de Su Palabra, sanó muchas de las heridas que habían marcado mi vida y me enseñó que mi verdadera identidad no reside en mi pasado, en mis tentaciones ni en mis sentimientos. Mi identidad está en Jesucristo. 

Hoy tengo el privilegio de compartir ese mensaje con los demás. A través de mis escritos, mis charlas y mi ministerio, animo a las personas que luchan contra el quebrantamiento sexual, la confusión de identidad, la vergüenza y la desesperanza. Mi testimonio no trata, en última instancia, de abandonar un estilo de vida anterior, sino de encontrar a un Salvador que transforma vidas. 

Si hay una verdad que espero que los lectores saquen de mi historia, es esta: Nadie está fuera del alcance de la gracia de Dios. El mismo Jesús que me buscó sigue buscando a la gente hoy en día. Sigue llamando a los pecadores al arrepentimiento. Sigue sanando los corazones heridos. Sigue haciendo nuevas todas las cosas. 

Lo sé porque lo hizo por mí. 


Sobre el Autor

Mark Richard es un autor, orador y seguidor de Jesucristo cuya vida fue transformada por la verdad y la gracia de Dios. Tras pasar casi tres décadas en una relación homosexual, encontró al Cristo vivo a través de las Escrituras y entregó su vida por completo a Él. Hoy en día, anima y equipa a personas, familias e iglesias con la verdad del Evangelio y el poder de la gracia transformadora de Dios.  

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