Connect with us

Spanish

Cuando los veo, me veo a mí

Published

on

Por Gus Duarte  

Nací en 1968 y me crié en Cuba en una familia muy disfuncional, sin figura paterna y sin valores cristianos. A una edad joven, me mandaron a un colegio internado, estudié, y me gradué como especialista en trabajos arquitectónicos. Después de graduarme, para cumplir con mi servicio militar obligatorio, fui mandado a una guerra en Angola en el sur de África por 18 meses.   

En 1990 me casé con Norja, pero estuve enojado y miserable. Pasé el primer mes de mi matrimonio borracho; tomaba todo el día. Después del nacimiento de mi primera niñita, perdí a mi familia por mi abuso de alcohol e infidelidades. Mi esposa vino a fe en Cristo y empezó a orar por mí. Un día, un señor mayor que se llamaba Chico me dijo, “Algún día, te voy a ver predicando el evangelio”. 

Me reí de él y le dije, “Debes estar loco”.  

Una vez cuando estaba borracho, ni siquiera llevando zapatos, un misionero que estaba de visita en Cuba me vio en la calle y dijo que quería orar por mí. Dije, “Bien”. Estaba bien borracho y oré para aceptar al Señor, pero en ese momento, no hice ningún cambio en mi vida.    

Mi esposa y yo volvimos a casarnos y ella seguía orando por mí por cinco años. En 1995, nos mudamos a Jamaica. Mi esposa me convenció ir a la iglesia. Iba, me paraba a lado de  la puerta en el fondo de la iglesia, y me aseguraba de montar mi bicicleta y salir antes de que el pastor pudiera despedir el culto y alguien me viera. Un día Chico sí me vio y me dijo, “¡Ya te dije”! Pero yo no me veía a mí mismo como cristiano.     

En 1998 nos mudamos a los Estados Unidos con la esperanza de escapar la rutina en el cual nos encontramos. Intentaba dejar de tomar, pero fracasé cada vez. Mi salud estaba fallando. Estaba tomando otra vez y mi hígado se estaba ensanchando. Mi esposa dijo, ¿Por qué no vas a la iglesia? No sé cuánto tiempo más puedo durar así”.    

Esa semana estaba en la parta trasera de la iglesia de nuevo y el pastor dio una llamada al altar invitando a la gente llegar a conocer al Señor. Dije, “Señor, si realmente eres como estas personas locas dicen que eres, y si quieres tenerme a mí, tienes que sanarme. Lo he intentado solo. No sé qué hacer”.  

No escuché ninguna voz; fue silenciosa. Pero un poco después de esa noche, un amigo me invitó a tomar una copa, y no pude. Sabía que algo había cambiado. En ese momento mi corazón estaba tan duro. Nunca mostraba ninguna emoción. No había llorado desde que era un niño pequeño, porque si lloraba mi mamá me pegaba.  

Le pregunté al pastor, Ángel González, “¿Qué es lo que me está pasando? Algo no está bien”.  

El pastor dijo, “He recibido confirmación del Señor que Él va a hacer algo contigo.”  

Empecé a tener una pasión por leer la Biblia. Un día empecé a reírme de unos hombres en la iglesia que estaban llorando. Burlaba de ellos porque había llegado a creer que los hombres verdaderos no lloran, pero luego empecé a llorar y llorar y llorar. Tocaba la batería en la iglesia y podía ver las lágrimas cayéndose en los tambores mientras lloraba como un bebé. El sentimiento fue increíble. Le pregunté al pastor lo que estaba pasando. Podía “sentir” algo en actualidad.   

El pastor me dijo, “El Señor ha sanado tu cuerpo, ahora está sanando tu alma”. Me dijo de comprar un diario, diciendo, “Sé que el Espíritu Santo te va a hablar y tienes que anotarlo en seguida para que no lo olvides”.   

De ese día en adelante, tuve una pasión para predicar; tengo que predicar.  

Mi esposa y yo fielmente asistimos a la iglesia Puerta de Esperanza en Miami, Florida con el Pastor González. Empecé a servir allí y a estudiar la Escritura. Pronto empecé a sentir el llamado de Dios sobre mi vida para ser pastor. 

Después de un año le dije al pastor, “Quiero ser un pastor como usted”. Mi esposa sentía lo mismo. Un día, estaba caminando por el pasillo de la iglesia cuando un hombre delante de mí dio la vuela y dijo, “¿Quién está caminando detrás de mí? Tengo una palabra del Señor para él.” Entonces dijo, “El Señor te va a usar”.    

“¿Por qué a mí?” pregunté. 

“No se trata de ti; se trata de tu corazón”, contestó.  

Un par de años después el Señor habló a mi esposa en una conferencia de mujeres, “Tienes miedo,” dijo. “No tengas miedo. He llamado a tu esposo; te he llamado a ti”. In 2000 empecé a sentir esa pasión más y más y me involucré más en la iglesia. Estudié con INSTE.    

Por 12 años había servido con el Pastor González, durante ese tiempo él era mi mentor y me ayudaba entender mi llamado. En aquel tiempo tenía dos hijas. Mi familia entera servía que cualquier capacidad que podíamos. Era decano, presidente del departamento de hombres, maestro de la escuela bíblica, y baterista. Visitamos a la gente en el hospital, limpiamos, y mantuvimos a la iglesia mientras estábamos pegados a nuestro pastor, absorbiendo sus destrezas de liderazgo. En 2007 me gradué del Segundo Nivel de INSTE y servía como el coordinador de la convención hispana en Miami en 2012.    

Después serví como evangelista y maestro durante cuatro años en el área de Tampa Bay mientras servíamos como copastores de una iglesia. Después de mucha oración el Señor nos mudó a Des Moines en 2014. En 2017 el Señor empezó a abrir puertas para mi esposa, mi hija, y tres hermanos para comenzar una obra en el sur de la ciudad de Des Moines. Ahora se conoce como Casa de Oración y Restauración. En enero de 2020, Dios me permitió formar parte de un viaje de los Hombres de Visión a Costa Rica.  

Mi familia y yo seguimos sirviendo a Dios con la visión de alcanzar a la comunidad hispana para Cristo y traer esperanza a las calles del lado sur de Des Moines. Nos enfocamos en proveer comida y productos higiénicos a las personas sin hogar y en preparar a los líderes jóvenes para la obra de Dios.   

La gente me pregunta acerca de mi pasión para alcanzar a la gente con el evangelio. Mi pasión viene del Señor. Cuando era más joven, pasé por tiempos difíciles. Dios me rescató. Me salvó y llenó mi corazón más y más y más.  Cuando veo a las personas adoloridas, me veo a mí. Cuando veo a los adictos de hogares rotos, me veo a mí. Cuando veo a los solitarios, me veo a mí. Cada día el Señor ha aumentado mi pasión para alcanzar a ese tipo de persona. Haré cualquier cosa para alcanzar a estas personas.     

Sombre el Autor

Gus Duarte y su esposa, Norja, sirven como pastores de Casa de Oración y Restauración en Des Moines, Iowa. Tienen dos hijas, Claudia, que está casada con cuatro hijos y sirve en la iglesia a tiempo completo, y Nicole, que sirve en la Guardia Nacional de los Estados Unidos.  

Aaron Keller, director nacional del ministerio de los Hombres de Visión (MOVE por sus siglas en inglés) dijo, “El Pastor Gus fue a nuestro viaje de MOVE a Costa Rica. No hay muchos hombres que trabajaban más fuerte que Gus Duarte y de hacerlo con destreza. No era hasta que él hablara de que sabía que no era un simple trabajador. Él predicó y lo hizo con el fuego del Espíritu Santo. Al final de nuestra reunión de dedicación, mientras la mayoría de los hombres estaban cansados y listos para regresar a casa, miré y Gus estaba llevando al Señor a dos señoritas que trabajaban en el hotel donde nos hospedábamos. Él está constantemente impulsado por la voluntad de Dios.”

Spanish

Abracemos el llamado a la unidad en el Espíritu 

Published

on

Me siento orgulloso de haber sido ministro acreditado de las Iglesias de la Biblia Abierta durante más de cuatro décadas. Ha sido un privilegio servir en diversos contextos dentro de nuestra maravillosa familia, compuesta por varios cientos de congregaciones en Estados Unidos y varios miles en todo el mundo. A lo largo de estas décadas, Dios ha ido ampliando poco a poco mi comprensión de lo que significa pertenecer a Su Iglesia. 

He disfrutado de la enriquecedora experiencia de hacer mías muchas de las características distintivas que hacen de la Biblia Abierta, precisamente, la Biblia Abierta: Nuestro compromiso inquebrantable con las Sagradas Escrituras como la Palabra de Dios inspirada y autoritativa; nuestra determinación de fundar y mantener iglesias locales sanas y dinámicas; nuestra pasión por la plenitud y los dones del Espíritu Santo que actúan en nuestra vida cotidiana; y mucho más. 

Y, sin embargo, a pesar de que la belleza de estas características eclesiásticas es tan evidente en nuestro movimiento, creo que me he dado cuenta de que los valores y prácticas fundamentales que compartimos no son exclusivos nuestros. De hecho, cuando damos un paso atrás y reflexionamos sobre quién forma parte del Cuerpo de Cristo, descubrimos que tenemos mucho en común con nuestros hermanos y hermanas de todo Estados Unidos y del mundo. Una amistad inesperada bastó para profundizar mi comprensión de lo que significa pertenecer no solo a las Iglesias de la Biblia Abierta, sino a la Iglesia….  

Pentecostales de todo el mundo que asistieron al Foro Cristiano Mundial en Accra, Ghana, en abril de 2024.

Para mí ha sido una experiencia que me ha hecho sentir humilde al recibir la gracia y el amor de otras personas diferentes a mí, incluso antes de estar preparado para corresponderles. Un ejemplo de ello lo encuentro en mis años como participante en el Diálogo Internacional Católico-Pentecostal. Este diálogo, que sigue en marcha, fue iniciado en la década de 1970 por David du Plessis, conocido como el «Sr. Pentecostés», y el padre Kilian McDonnell, un teólogo católico. Cuando asistí por primera vez a una sesión de este diálogo en 1993, estaba tan enfocado en mis desacuerdos con las doctrinas y prácticas católicas que no estaba preparado para mostrar mucha hospitalidad. Pero, con el paso de las décadas llegué a conocer bastante bien al copresidente católico, el padre Kilian. Me sorprendió lo bien que conocía a los pentecostales como yo, lo mucho que deseaba aprender más y lo mucho que se preocupaba por nosotros. Era respetuoso, honesto y compasivo. Obviamente, no estábamos de acuerdo en todo. Pero se convirtió en un mentor para mí, enseñándome cómo tratar a otras personas que eran diferentes a mí. Y nos hicimos amigos. Falleció el año pasado a la edad de 100 años, y tuve el honor de asistir a su funeral. Esa experiencia cambió mi forma de ver la Iglesia global.  

Father Kilian McDonnell

Las siguientes cifras ofrecen una imagen impresionante de la familia global que comparte nuestra fe evangélica, pentecostal y carismática. Según el informe «El estado del cristianismo mundial en 2026», hay más de 1100 millones de cristianos en todo el mundo que se identifican como evangélicos, pentecostales o carismáticos. De estos, aproximadamente 676 millones son pentecostales o carismáticos.   

Esta familia global es maravillosamente diversa e incluye denominaciones pentecostales clásicas como las Iglesias de la Biblia Abierta, redes carismáticas independientes, carismáticos católicos y creyentes carismáticos pertenecientes a numerosas tradiciones protestantes (anglicana, metodista, etc.).  

Entonces, ¿por qué son importantes estas cifras? Nos recuerdan que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos. No estamos solos y, desde luego, no somos «pequeños». Junto con nuestros hermanos y hermanas evangélicos, pentecostales y carismáticos de todo el mundo, formamos parte de un contingente formidable dentro del ejército del Señor. Hemos de recordar que pertenecemos a la IGLESIA en toda su inmensidad es, a la vez, una lección de humildad y un estímulo. 

Pero eso no significa que tengamos que renunciar a nuestro maravilloso legado, nuestra cultura y nuestra belleza, que nos definen como Iglesias de la Biblia Abierta. Tenemos algo que aportar al resto de la Iglesia. Me viene a la mente la palabra profética pronunciada hace unas décadas en una de nuestras convenciones: «¡Las Iglesias de la Biblia Abierta son un órgano vital del Cuerpo de Cristo!». Esa afirmación nunca ha sido más cierta.  

“Open Bible Churches no es ‘la Iglesia’.
Open Bible Churches es parte de la Iglesia
— una parte maravillosa,
pero una parte”.

Sin embargo, tampoco queremos caer en el aislamiento ni en el sectarismo. Las iglesias de la Biblia Abierta no son «la Iglesia». Las iglesias de la Biblia Abierta formamos parte de la Iglesia. Una parte maravillosa, pero solo una parte. Por eso, es saludable que recordemos a nuestros hermanos y hermanas de otras denominaciones y redes, que oremos por ellos e incluso que cooperemos con ellos en iniciativas comunitarias y regionales para cumplir fielmente con nuestro llamamiento y nuestras responsabilidades de hacer avanzar el Reino de Dios en la tierra.  

Una de las formas más importantes de crecer en unidad como creyentes es empezar por reconocer y valorar la diversidad del Cuerpo de Cristo. Dios no nos creó a todos iguales. La unidad no es uniformidad. El viejo adagio sigue siendo válido: «En lo esencial, unidad; en lo no esencial, diversidad; y en todo, caridad». Ojalá podamos aceptar nuestras diferencias con claridad, respeto y, sobre todo, amor. Podemos abrazar la gracia y la verdad al mismo tiempo y, de hecho, estamos llamados a ello. 

Sin duda conoces a algunos seguidores de Jesús en tu comunidad (y probablemente en tu propia familia) que no pertenecen a las Iglesias de la Biblia Abierta. A todos se nos invita a que los amemos, a que estemos agradecidos por todo lo que compartimos con ellos y a que les ofrezcamos un poco de espacio (y de gracia) en nuestras diferencias. No es fácil. De hecho, es un trabajo duro. Recuerda las palabras del apóstol Pablo: «Por eso yo, que estoy preso por la causa del Señor, les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido, siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz.». (Ef. 4:1-3, NVI). Si mantener la unidad fuera fácil, Pablo no habría tenido que exhortarnos a «esforzarnos» para lograrla.  

Jesús nos recuerda que la unidad no es solo para nuestro beneficio: es uno de los testimonios más claros ante un mundo que observa.

Pero, si estamos dispuestos a pagar el precio para ver la gran Iglesia de Dios y amarla como Él la ama, nos pareceremos más a Cristo y contribuiremos a ser la respuesta a una de las últimas oraciones que Jesús elevó antes de ir a la cruz por nosotros: «…para que sean uno, como nosotros somos uno —yo en ellos y tú en mí—, a fin de que alcancen la plena unidad. Así el mundo sabrá que tú me enviaste y que los has amado como me has amado a mí» (Juan 17:22-23, NVI). Jesús nos recuerda que la unidad no es solo para nuestro beneficio, sino que también es uno de los testimonios más claros ante un mundo que nos observa. 

Juntos, pidamos al Señor que nos conceda la capacidad de ver la grandeza y la belleza de su Iglesia, y que reconozcamos y amemos a nuestros hermanos y hermanas en Cristo de una manera tan evidente que nos convirtamos realmente en la respuesta a la oración de Jesús en Juan 17. ¿Amén?  

A continuación, encontrarás algunos recursos en inglés que abordan algunas de estas cuestiones relacionadas con la unidad de los cristianos: 


Sobre el Autor

David Cole es ministro acreditado de las Iglesias de la Biblia Abierta desde 1984. En la actualidad, es profesor de Teología Histórica en The King’s University, en Southlake, Texas. También participa en diversas iniciativas para fomentar la unidad entre los creyentes en Jesús. Con este fin, actualmente ocupa el cargo de presidente de la Comisión de Unidad Cristiana de las Iglesias Pentecostales y Carismáticas de Norteamérica. Él y su esposa, Julie, son padres de cuatro hijos y abuelos de diez nietos, y actualmente residen en Newberg, Oregón, donde asisten a la iglesia College Street Church. 

Continue Reading

Spanish

El Reino es lo primero 

Published

on

Hace unos años, cuando era pastor en California, nuestra iglesia tenía un sueño para nuestro viaje misionero a México: construir dos casas para dos familias necesitadas. Creíamos que era un sueño inspirado por Dios, pero solo contábamos con recursos suficientes para construir una casa (e incluso eso era todo un reto). A pesar de nuestra planificación y de las oraciones, los recursos para la segunda casa parecían inalcanzables. 

Entonces ocurrió algo inesperado. Un pastor de otro estado se enteró de lo que estábamos intentando lograr. No pertenecía a nuestra iglesia. Tampoco pertenecía a nuestra denominación. De hecho, no tenía ninguna obligación ni beneficio alguno por ayudarnos. Sin embargo, creía en la visión que Dios nos había dado. Su iglesia aportó los fondos restantes y, gracias a su generosidad, dos familias, en lugar de una, recibieron una vivienda. 

Nunca he olvidado esa respuesta porque me recordó que el Reino de Dios siempre ha sido más grande que cualquier iglesia, ministerio o incluso denominación. 

En un mundo en el que a menudo se celebra el forjarse un nombre y crear una plataforma propios, las palabras de Jesús suponen todo un reto: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia…» (Mateo 6:33, RVR1960) 

«Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia…»

(Mateo 6:33, RVR1960)

Fíjate en lo que Jesús no dijo. No nos dijo que buscáramos primero nuestros propios ministerios, iglesias o reputación. Nos llamó a buscar primero Su Reino. Y cuando lo hacemos, ocurre algo maravilloso. 

Empezamos a celebrar lo que Dios está haciendo más allá de nuestras propias paredes. Dejamos de preguntarnos: «¿En qué nos beneficia esto?», y en su lugar nos preguntamos: «¿Cómo podemos sumarnos a lo que Dios está haciendo?». Nuestra perspectiva pasa de la propiedad a la administración, y de construir nuestros propios reinos a hacer avanzar el Suyo.  

Creo que este cambio de perspectiva es una de las razones clave por las que la Iglesia primitiva experimentó una multiplicación y una unidad tan extraordinarias. 

Hechos 2 nos ofrece una de las imágenes más claras de toda la Escritura de lo que ocurre cuando el pueblo de Dios antepone Su Reino a todo lo demás. Este capítulo es, en muchos sentidos, la historia de «todos». O, como me gusta decir, «El poder de nosotros».   

El resultado que vemos es doble: gozaban de la buena voluntad de todo el pueblo, y Dios añadía cada día a la iglesia a los que iban a ser salvos. 

Su unidad hizo que el Reino de Dios se multiplicara más allá de lo que cualquier persona pudiera lograr o esperar. Su unidad no era algo artificial; se basaba en buscar primero el Reino de Dios y su justicia. 

Me parece genial cómo expresa esta verdad el Salmo 133:

«¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! […] Porque allí envía Jehová bendición, Y vida eterna»
(Salmo 133:1-3, RVR1960).  

¿Cuándo se derraman las bendiciones del Señor? Cuando su pueblo da prioridad a la unidad.   

Cuando las iglesias colaboran en unidad, esa unidad no resta importancia a cada iglesia en particular. Más bien al contrario. Creo firmemente que la iglesia local es el plan de Dios para alcanzar al mundo. Cada iglesia es importante. Cada pastor es importante. Cada congregación tiene un llamado único que cumplir.   

Pero lo que resulta alentador es saber que nuestras iglesias locales forman parte de algo mucho más grande. Las iglesias de la Biblia Abierta no es el Reino de Dios. Tu iglesia local no es el Reino de Dios. Pero juntos tenemos el privilegio de formar parte de la Iglesia de Jesucristo, haciendo avanzar Su Reino junto a hermanos y hermanas de todas las tribus, lenguas y naciones, que proclaman a Jesucristo como Señor.  

Imagina lo que podría suceder si cada iglesia celebrara cada vida transformada, cada iglesia fundada, cada misionero enviado, cada líder formado, cada comunidad transformada, no porque haya sucedido a través de «nuestro» ministerio, sino porque ha hecho avanzar Su Reino. No todos tenemos la misma tarea, pero sí compartimos la misma misión.  

No todos tenemos la misma asignación, pero sí compartimos la misma misión.

Creo que ese es el tipo de unidad por la que oró Jesús. Creo que ese es el tipo de unidad por la que luchamos. Es el tipo de unidad que vivió la Iglesia primitiva, y es el tipo de unidad que nuestro mundo necesita desesperadamente ver hoy en día. 

¿Recuerda a aquel pastor que ayudó a mi iglesia a construir viviendas en México? Lo que hizo que su contribución fuera aún más notable fue que su propia iglesia se encontraba en pleno proyecto de construcción. Tenían sus propias necesidades. Podrían haber dicho fácilmente: «Quizá en otra ocasión». En cambio, decidieron invertir en la misión del Reino de otra persona, confiando en que Dios proveería para la suya. Nunca lo olvidaré. No se planteó si se trataba de un proyecto de su iglesia ni qué implicaciones tendría para su propia campaña de construcción. Simplemente reconoció que era la obra de Dios y decidió formar parte de ella.  

Que eso sea cierto para nosotros 

Tal vez eso es lo que Jesús tenía en mente cuando dijo:
«Buscad primero el Reino de Dios».

Cuando el pueblo de Dios busca primero Su Reino, creo que Él sigue haciendo lo que siempre ha hecho. Derrama Su bendición y hace avanzar Su Reino a través de una Iglesia unida.  


Sobre el Autor

Michael Nortune es presidente de las Iglesias de la Biblia Abierta. Ha servido fielmente en la iglesia local durante treinta y cinco años. Desde sus inicios como conserje y jardinero hasta ser el pastor principal de la Iglesia Life Church en Concord (California), Michael ha adquirido experiencia a lo largo de su ministerio en todas las funciones dentro de la iglesia. No sólo tiene experiencia práctica a nivel local, sino que también ha liderado a nivel distrital, regional y nacional dentro de las Iglesias de la Biblia Abierta. Michael y su esposa Julie residen actualmente en Colorado, donde les fascina vivir cerca de cinco de sus seis hijos y sus cónyuges. También disfrutan del tiempo que pasan con su otra hija, que vive en Alabama, y con su primer nieto (¡pero no último!).

Continue Reading

Spanish

No debería estar aquí 

Published

on

Según cualquier criterio humano, mi historia debería haber terminado de otra manera. Las heridas de mi infancia, las decisiones que tomé y la vida que construí me alejaron de Dios en lugar de acercarme a Él. Y, sin embargo, aquí estoy: Un seguidor de Jesucristo, autor, profesor y testigo del poder transformador de la gracia de Dios. 

Cuando miro atrás en mi vida, me vienen a la mente las palabras del himno «Sublime Gracia»: «Fui ciego mas hoy veo yo, perdido y Él me halló». 

Sé lo que significa sentirse perdido. 

Mi infancia estuvo marcada por profundas heridas. El alcoholismo de mi padre provocó gran desolación en nuestra familia, y crecí anhelando su amor y su aceptación. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía seis años. Esperaba que la conmoción terminara, pero surgieron nuevas dificultades, entre ellas el maltrato verbal y físico en nuestro hogar. También sufrí abuso sexual y emocional por parte de chicos y chicas mayores, así como de adultos de mi comunidad. Esas heridas me acompañaron hasta la edad adulta, moldeando la visión que tenía de mí mismo, de mis relaciones y de mi identidad de formas que no llegué a comprender del todo hasta que Cristo comenzó a sanarlas. 

A medida que fui creciendo, busqué la aceptación y la realización en lugares que nunca podrían satisfacerme de verdad. Me casé joven y tuve una hija. Obtuve un título superior y asumí puestos de trabajo cada vez con más responsabilidad. Con el tiempo, inicié una relación con una persona de mi mismo sexo que duró tres décadas.  

A simple vista, mi vida parecía un éxito. Disfrutaba de una carrera profesional en Nueva York, de proyectos empresariales, de éxito económico y de una jubilación anticipada en la costa de Carolina del Norte. Pero, bajo la superficie, me faltaba algo. Había conseguido muchas de las cosas que la gente se pasa la vida persiguiendo, y, sin embargo, me faltaba paz. Dios, sin embargo, no se había rendido conmigo.  

El Señor no estaba exponiendo mi pecado para destruirme.
Lo estaba revelando para poder salvarme.

En su providencia, Dios comenzó a reordenar mi vida. El profundo anhelo de estar más cerca de mi hija y mi nieta me llevó a dejar mi vida de jubilado en la costa y mudarme a Ohio en 2020. En aquel momento, a muchas personas les pareció una decisión irracional. Mirando atrás, puedo ver la mano de Dios guiando cada paso. Entonces llegó el momento que lo cambió todo.  

Una tarde de principios de 2021, estaba sentado solo cuando me topé con una breve reflexión basada en Mateo 7:21-23. Las palabras de Jesús me impactaron con una fuerza que nunca había experimentado: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos». Y luego vinieron las palabras que sacudieron mi alma: «Nunca os conocí; apartaos de mí». 

Durante las siguientes 24 horas, esas palabras no dejaron de resonar en mi mente. Me sorprendí haciéndome preguntas que llevaba años evitando: ¿Estaba siguiendo de verdad a Cristo?, ¿me había inventado una versión de Jesús que se ajustaba a mis deseos en lugar de someterme al Jesús revelado en las Escrituras? 

Desesperado por encontrar respuestas, abrí mi Biblia. Esperaba encontrar la aceptación y la afirmación que había creado en mi mente durante décadas. Sin embargo, me encontré con el Cristo santo y justo de las Sagradas Escrituras.  Mientras leía el Evangelio de Mateo, la Palabra de Dios puso al descubierto mi corazón. La carta a los Hebreos describe la Palabra de Dios como «viva y eficaz», y así es exactamente como la experimenté. La Biblia ya no era solo palabras en una página. Dios estaba hablando. La verdad empezó a sustituir a las mentiras en las que había creído. 

A medida que mi convicción iba creciendo, también lo hacía mi comprensión de la misericordia de Dios. El Señor no estaba sacando a la luz mi pecado para destruirme. Lo estaba revelando para poder salvarme.  

La cuestión ya no era simplemente la sexualidad. La cuestión más profunda era el señorío.

Al final, llegué a una encrucijada. La cuestión ya no era simplemente la sexualidad. La cuestión más profunda era el señorío. ¿Confiaría en Jesús? ¿Confiaría en que Su plan era mejor que el mío? ¿Le entregaría a Él mi identidad, mis planes, mis relaciones y mi futuro? Por la gracia de Dios, así lo hice. .  

El arrepentimiento fue doloroso. La obediencia exigió sacrificio. Pero lo que descubrí al otro lado no fue una pérdida, sino libertad.  

Con el paso del tiempo, Dios renovó mi mente a través de Su Palabra, sanó muchas de las heridas que habían marcado mi vida y me enseñó que mi verdadera identidad no reside en mi pasado, en mis tentaciones ni en mis sentimientos. Mi identidad está en Jesucristo. 

Hoy tengo el privilegio de compartir ese mensaje con los demás. A través de mis escritos, mis charlas y mi ministerio, animo a las personas que luchan contra el quebrantamiento sexual, la confusión de identidad, la vergüenza y la desesperanza. Mi testimonio no trata, en última instancia, de abandonar un estilo de vida anterior, sino de encontrar a un Salvador que transforma vidas. 

Si hay una verdad que espero que los lectores saquen de mi historia, es esta: Nadie está fuera del alcance de la gracia de Dios. El mismo Jesús que me buscó sigue buscando a la gente hoy en día. Sigue llamando a los pecadores al arrepentimiento. Sigue sanando los corazones heridos. Sigue haciendo nuevas todas las cosas. 

Lo sé porque lo hizo por mí. 


Sobre el Autor

Mark Richard es un autor, orador y seguidor de Jesucristo cuya vida fue transformada por la verdad y la gracia de Dios. Tras pasar casi tres décadas en una relación homosexual, encontró al Cristo vivo a través de las Escrituras y entregó su vida por completo a Él. Hoy en día, anima y equipa a personas, familias e iglesias con la verdad del Evangelio y el poder de la gracia transformadora de Dios.  

Continue Reading

Follow Us

Subscribe to the Message