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Vale la pena el costo

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por David Borntreger

Malinda y yo crecimos en hogares amish tradicionales y felices. Tengo cinco hermanos y cinco hermanas; Malinda viene de una familia de doce. Después de que Malinda y yo comenzamos nuestra propia familia, continuamos con el estilo de vida amish que siempre habíamos conocido.

Comenzamos a tener más hambre de Dios, lo que nos motivó a leer todo lo que pudimos encontrar acerca de la fe. Y eso nos llevó a cuestionar algunas de nuestras tradiciones. Comencé a preguntarme por qué no ministramos a personas fuera de nuestra comunidad, así que un día le pregunté al obispo su opinión sobre el apoyo a ministerios como los que proveen Biblias a la gente en China.

Él respondió: “Nuestro énfasis está en cuidar de los nuestros. No tenemos seguro, así que si alguien tiene que pagar una cuenta de hospital, lo ayudamos”. Para mí eso no tenía sentido. La Biblia habla de ir por el mundo y predicar el Evangelio. Ignoraba que mis ojos estaban comenzando a abrirse.

Cuando le pregunté a mi papá por qué no nos acercamos a personas de otros países, dijo: “La cuestión es que si vas a otros países, pondrías en riesgo tu cultura”. Por ejemplo, no se nos permite tener una identificación con foto. Incluso, en la comunidad no está permitido subirse a un avión.




!David y sus hijos trabajando duro!

Uno de los libros que leí mencionaba algunas de nuestras prácticas como ocultistas. Eso me llamó la atención. Una de las prácticas que cuestionó el autor fue la radiestesia para la búsqueda de agua. Por lo general, la persona que realiza la “radiestesia” sostiene dos palos o varillas y camina alrededor de una propiedad con la esperanza de que las varillas se hundan, se muevan o se crucen cuando la persona camina sobre un terreno donde hay agua subterránea. Esta y otras tradiciones similares han estado arraigadas en nuestra cultura durante muchas generaciones.

Hace unos cinco años, poco después del Día de Acción de Gracias, fui a hablar con mi papá sobre algunos de estos temas que planteaba el libro. Cuando llegué a su casa, resultó que no estaba, así que comencé a hablar con algunos de mis hermanos que todavía vivían allí. Recibí diferentes reacciones de parte de ellos. Finalmente mi papá entró y se sentó. Escuchó por un momento, y luego, con una voz autoritaria que nunca había escuchado antes, dijo: “¡Deja ese libro y no lo vuelvas a mencionar en esta casa!”.

Sabía que estaba a punto de descubrir algo grande. Hablé con algunas otras personas, pero luego el obispo me comenzó a perseguir. No me di cuenta cuánto se había ofendido. Los amish valoran mucho a sus antepasados y sus tradiciones. Todo se convirtió en una especie de circo. Pronto, toda la comunidad supo que estaba abordando temas problemáticos, creando conciencia. Estaba confrontando nuestras arraigadas tradiciones. El obispo dijo que no quería defender necesariamente la radiestesia, pero como uno de los diáconos que él conocía todavía la practicaba, tampoco quería condenarlo.

Sentí que tenía pruebas fehacientes de que esta costumbre estaba errada, pero no se nos permitió condenarla porque nuestros antepasados la habían practicado. La radiestesia abre la puerta a la adivinación. Algunas personas usarán la varilla para otros fines. Le harán preguntas sobre el futuro. Saben que la práctica no se basa en la ciencia, pero atribuyen los resultados a Dios. También me enteré de que otras personas recurrían a otras prácticas ocultistas, pero la situación se estaba encubriendo. Mi esposa y yo estudiamos más sobre el Espíritu Santo con el aporte de algunos amigos cercanos. Nos interesamos en ciertos ministerios proféticos bíblicos, ¡una locura para un chico amish! Me hice conocido como un rebelde.

Una foto tomado en el momento en que la famlia salía de la iglesia Amish.

Por esa época, Malinda estaba estudiando la Biblia. En nuestra iglesia amish los ministros son los predicadores; los laicos no tienen la oportunidad de compartir. Al resto de nosotros se nos dan pasajes específicos seleccionados para leer en el próximo servicio. Nuestros líderes nos desaniman de querer profundizar demasiado en la Palabra o estudiarla por nuestra propia cuenta porque temen que seamos engañados.

Cuando Malinda leía un pasaje, decía: “Mira esto, David, ellos lo predican de esta manera, pero la Biblia lo dice de esta otra”.

Yo respondía: “No puedes ir en contra de lo que enseñan los predicadores”, a lo que ella respondía: “Pero ellos no están predicando lo que dice la Biblia”.

Me volví más consciente de lo que enseñaban los predicadores. Siempre nos exhortaban a mantener las tradiciones de los ancianos. Se dice que nuestras tradiciones están basadas en la Biblia, pero lamentablemente, al igual que los fariseos, confiamos en las tradiciones más que en Dios. En Mateo 15, los fariseos y los maestros de la ley religiosa persiguieron a Jesús por permitir que sus discípulos quebrantaran los mandamientos (como lavarse las manos). Jesús les dijo que estaban violando los mandamientos directos de Dios debido a sus tradiciones. Me di cuenta de tantas similitudes entre los judíos ortodoxos y los amish. Si miras una foto de un hombre amish y un judío con atuendo negro y sombrero de ala ancha, es difícil notar la diferencia. De hecho, me han preguntado si puedo hablar hebreo. Yo digo: “No, no soy judío, soy amish”.

Malinda y yo profundizamos en la Palabra. ¡Amamos la iglesia del Nuevo Testamento! Teníamos tantas preguntas: “¿Por qué no tenemos esas experiencias (del Nuevo Testamento)? ¿Por qué nadie habla en lenguas?”. Nadie respondió a mis preguntas.

La mayoría de los amish de nuestra comunidad piensan que no puedes saber si vas a ir al cielo o no. Creo que esto demuestra de que los amish, como los judíos, son muy legalistas, con mentalidad del Antiguo Pacto. Confiesan a Jesús, pero creen en una salvación basada en obras. Es muy confuso. No comprenden la parte más emocionante del Evangelio, ¡que Jesús pagó el precio de nuestra expiación a través de nuestra fe en Él!

Al crecer, no obtuvimos mucha información sobre el bautismo. A los dos nos habían bautizado por aspersión cuando éramos jóvenes. Solía preguntarme por qué no practicamos el bautismo por inmersión como lo hacían en el Nuevo Testamento, y luego uno de los parientes de Malinda le dio un libro que explicaba lo que significaba el bautismo en el idioma original. Aprendimos que la inmersión es el método bíblico para el bautismo. Estudiamos Romanos 6, que dice que somos “sepultados con Cristo” mediante el bautismo. Cuando te entierran en la tumba de agua, es como si tu viejo hombre estuviera siendo sepultado. Eres una persona nueva. Descubrimos que la inmersión es la forma más común de bautismo, especialmente en los países perseguidos.

Nuestro dilema era este: ¿cómo se bautiza alguien por inmersión en la iglesia amish? No permiten el bautismo por inmersión. No estaba en nuestra tradición. Presenté nuestro deseo al ministerio y no me fue bien. Ellos no lo harían. Nos dijeron que estábamos descontentos y que nuestras familias nos excomulgarían y condenarían si nos bautizábamos por inmersión.

Esto nos llevó a la decisión más difícil de nuestros treinta y tres años de vida: Obedecer a Dios o al hombre. Ambos éramos parte de familias muy unidas. La posibilidad de ser apartados de ellos era más que dolorosa. Y sin embargo, sentimos que necesitábamos someternos a Dios en todo lo que nos pedía hacer.

Desesperado, clamé a Dios por una palabra de confirmación. Uno o dos días después, un carro llegó hasta nuestra casa. Dentro había una dama que apenas conocía. Sus mejillas estaban empapadas de lágrimas.

Le pregunté: “¿Por qué está aquí?”Ella me dijo: “El Espíritu Santo me envió”. Ella relató que durante una semana, el Espíritu Santo le había puesto una carga pesada para orar por nosotros.“¿Por alguna razón específica?”. Yo pregunté.Ella dijo que no y nos aseguró que no sabía nada de nuestro dilema.“Entonces, ¿no nos está diciendo que volvamos a la forma de pensar de los amish?” Le pregunté.“No, en absoluto”.

Doy gracias al Señor por su confirmación. El 16 de junio de 2020, Malinda y yo fuimos bautizados por Mark Smith en Crystal Lake, Iowa. Fue una experiencia maravillosa salir del agua sabiendo que habíamos hecho lo que Dios quería. Animo a todos a seguir a Cristo a través del bautismo, es mucho más simple que otras cosas que Dios nos pide que hagamos, como tener siempre pensamientos puros.

Fue tan simple, pero nos costó muy caro.

Cuando nuestra iglesia se enteró de que habíamos sido bautizados por inmersión, nos expulsaron. Fuimos condenados. Fue difícil. Acabábamos de ser bautizados; no queríamos perder a nuestras familias ni a nuestra iglesia. Antes de esto éramos unidos con nuestras familias. Ahora nuestros hermanos y hermanas piensan que “fuimos demasiado lejos”, que estamos locos. Los familiares de Malinda en Wisconsin creen que abandonamos nuestra fe. Su madre le envió una carta diciéndole que ya no era bienvenida en su hogar. No somos bienvenidos a asistir a funerales o a bodas, incluyendo a los de los miembros de nuestra propia familia.

La familia Borntreger hoy, frente a la Primera Iglesia de la Biblia Abierta en Clear Lake, Iowa.

Nos convertimos en marginados. Nos echaron de nuestra iglesia. La gente de nuestra comunidad amish no puede tener tratos comerciales con nosotros. Casi todos nuestros conocidos amish nos condenan y murmuran de nosotros. Nuestros hermanos menores, aunque están más abiertos, no nos pueden hablar. No quiero causar más problemas, así que no trato de hablar con ellos. Hace poco pasé por una subasta de granjas amish y todos me miraron fijamente como si me iba a ir al infierno.

Todavía estamos sufriendo. Pero estamos muy agradecidos por nuestra familia en la Primera Iglesia de la Biblia Abierta en Clear Lake, Iowa, especialmente Will y Joyce Hunsaker y Adam y Katie Henaman, quienes nos dan consejos sobre nuestro caminar con el Señor.

Le tomamos la palabra a Jesús cuando nos dijo que debíamos “ir, y hacer discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Este simple acto de obediencia nos ha costado caro, pero ha valido la pena.

About the Author

David y Malinda Borntreger viven en Northwood, Iowa, y asisten a la Primera Iglesia de la Biblia Abierta en Clear Lake, Iowa. David trabaja por cuenta propia y pasa gran parte de su tiempo criando cabras y cultivando verduras. Los Borntreger tienen nueve hijos.

Para ver el testimonio de David y Malinda, diríjase a:
Disponible solo en inglés.

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Abracemos el llamado a la unidad en el Espíritu 

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Me siento orgulloso de haber sido ministro acreditado de las Iglesias de la Biblia Abierta durante más de cuatro décadas. Ha sido un privilegio servir en diversos contextos dentro de nuestra maravillosa familia, compuesta por varios cientos de congregaciones en Estados Unidos y varios miles en todo el mundo. A lo largo de estas décadas, Dios ha ido ampliando poco a poco mi comprensión de lo que significa pertenecer a Su Iglesia. 

He disfrutado de la enriquecedora experiencia de hacer mías muchas de las características distintivas que hacen de la Biblia Abierta, precisamente, la Biblia Abierta: Nuestro compromiso inquebrantable con las Sagradas Escrituras como la Palabra de Dios inspirada y autoritativa; nuestra determinación de fundar y mantener iglesias locales sanas y dinámicas; nuestra pasión por la plenitud y los dones del Espíritu Santo que actúan en nuestra vida cotidiana; y mucho más. 

Y, sin embargo, a pesar de que la belleza de estas características eclesiásticas es tan evidente en nuestro movimiento, creo que me he dado cuenta de que los valores y prácticas fundamentales que compartimos no son exclusivos nuestros. De hecho, cuando damos un paso atrás y reflexionamos sobre quién forma parte del Cuerpo de Cristo, descubrimos que tenemos mucho en común con nuestros hermanos y hermanas de todo Estados Unidos y del mundo. Una amistad inesperada bastó para profundizar mi comprensión de lo que significa pertenecer no solo a las Iglesias de la Biblia Abierta, sino a la Iglesia….  

Pentecostales de todo el mundo que asistieron al Foro Cristiano Mundial en Accra, Ghana, en abril de 2024.

Para mí ha sido una experiencia que me ha hecho sentir humilde al recibir la gracia y el amor de otras personas diferentes a mí, incluso antes de estar preparado para corresponderles. Un ejemplo de ello lo encuentro en mis años como participante en el Diálogo Internacional Católico-Pentecostal. Este diálogo, que sigue en marcha, fue iniciado en la década de 1970 por David du Plessis, conocido como el «Sr. Pentecostés», y el padre Kilian McDonnell, un teólogo católico. Cuando asistí por primera vez a una sesión de este diálogo en 1993, estaba tan enfocado en mis desacuerdos con las doctrinas y prácticas católicas que no estaba preparado para mostrar mucha hospitalidad. Pero, con el paso de las décadas llegué a conocer bastante bien al copresidente católico, el padre Kilian. Me sorprendió lo bien que conocía a los pentecostales como yo, lo mucho que deseaba aprender más y lo mucho que se preocupaba por nosotros. Era respetuoso, honesto y compasivo. Obviamente, no estábamos de acuerdo en todo. Pero se convirtió en un mentor para mí, enseñándome cómo tratar a otras personas que eran diferentes a mí. Y nos hicimos amigos. Falleció el año pasado a la edad de 100 años, y tuve el honor de asistir a su funeral. Esa experiencia cambió mi forma de ver la Iglesia global.  

Father Kilian McDonnell

Las siguientes cifras ofrecen una imagen impresionante de la familia global que comparte nuestra fe evangélica, pentecostal y carismática. Según el informe «El estado del cristianismo mundial en 2026», hay más de 1100 millones de cristianos en todo el mundo que se identifican como evangélicos, pentecostales o carismáticos. De estos, aproximadamente 676 millones son pentecostales o carismáticos.   

Esta familia global es maravillosamente diversa e incluye denominaciones pentecostales clásicas como las Iglesias de la Biblia Abierta, redes carismáticas independientes, carismáticos católicos y creyentes carismáticos pertenecientes a numerosas tradiciones protestantes (anglicana, metodista, etc.).  

Entonces, ¿por qué son importantes estas cifras? Nos recuerdan que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos. No estamos solos y, desde luego, no somos «pequeños». Junto con nuestros hermanos y hermanas evangélicos, pentecostales y carismáticos de todo el mundo, formamos parte de un contingente formidable dentro del ejército del Señor. Hemos de recordar que pertenecemos a la IGLESIA en toda su inmensidad es, a la vez, una lección de humildad y un estímulo. 

Pero eso no significa que tengamos que renunciar a nuestro maravilloso legado, nuestra cultura y nuestra belleza, que nos definen como Iglesias de la Biblia Abierta. Tenemos algo que aportar al resto de la Iglesia. Me viene a la mente la palabra profética pronunciada hace unas décadas en una de nuestras convenciones: «¡Las Iglesias de la Biblia Abierta son un órgano vital del Cuerpo de Cristo!». Esa afirmación nunca ha sido más cierta.  

“Open Bible Churches no es ‘la Iglesia’.
Open Bible Churches es parte de la Iglesia
— una parte maravillosa,
pero una parte”.

Sin embargo, tampoco queremos caer en el aislamiento ni en el sectarismo. Las iglesias de la Biblia Abierta no son «la Iglesia». Las iglesias de la Biblia Abierta formamos parte de la Iglesia. Una parte maravillosa, pero solo una parte. Por eso, es saludable que recordemos a nuestros hermanos y hermanas de otras denominaciones y redes, que oremos por ellos e incluso que cooperemos con ellos en iniciativas comunitarias y regionales para cumplir fielmente con nuestro llamamiento y nuestras responsabilidades de hacer avanzar el Reino de Dios en la tierra.  

Una de las formas más importantes de crecer en unidad como creyentes es empezar por reconocer y valorar la diversidad del Cuerpo de Cristo. Dios no nos creó a todos iguales. La unidad no es uniformidad. El viejo adagio sigue siendo válido: «En lo esencial, unidad; en lo no esencial, diversidad; y en todo, caridad». Ojalá podamos aceptar nuestras diferencias con claridad, respeto y, sobre todo, amor. Podemos abrazar la gracia y la verdad al mismo tiempo y, de hecho, estamos llamados a ello. 

Sin duda conoces a algunos seguidores de Jesús en tu comunidad (y probablemente en tu propia familia) que no pertenecen a las Iglesias de la Biblia Abierta. A todos se nos invita a que los amemos, a que estemos agradecidos por todo lo que compartimos con ellos y a que les ofrezcamos un poco de espacio (y de gracia) en nuestras diferencias. No es fácil. De hecho, es un trabajo duro. Recuerda las palabras del apóstol Pablo: «Por eso yo, que estoy preso por la causa del Señor, les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido, siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz.». (Ef. 4:1-3, NVI). Si mantener la unidad fuera fácil, Pablo no habría tenido que exhortarnos a «esforzarnos» para lograrla.  

Jesús nos recuerda que la unidad no es solo para nuestro beneficio: es uno de los testimonios más claros ante un mundo que observa.

Pero, si estamos dispuestos a pagar el precio para ver la gran Iglesia de Dios y amarla como Él la ama, nos pareceremos más a Cristo y contribuiremos a ser la respuesta a una de las últimas oraciones que Jesús elevó antes de ir a la cruz por nosotros: «…para que sean uno, como nosotros somos uno —yo en ellos y tú en mí—, a fin de que alcancen la plena unidad. Así el mundo sabrá que tú me enviaste y que los has amado como me has amado a mí» (Juan 17:22-23, NVI). Jesús nos recuerda que la unidad no es solo para nuestro beneficio, sino que también es uno de los testimonios más claros ante un mundo que nos observa. 

Juntos, pidamos al Señor que nos conceda la capacidad de ver la grandeza y la belleza de su Iglesia, y que reconozcamos y amemos a nuestros hermanos y hermanas en Cristo de una manera tan evidente que nos convirtamos realmente en la respuesta a la oración de Jesús en Juan 17. ¿Amén?  

A continuación, encontrarás algunos recursos en inglés que abordan algunas de estas cuestiones relacionadas con la unidad de los cristianos: 


Sobre el Autor

David Cole es ministro acreditado de las Iglesias de la Biblia Abierta desde 1984. En la actualidad, es profesor de Teología Histórica en The King’s University, en Southlake, Texas. También participa en diversas iniciativas para fomentar la unidad entre los creyentes en Jesús. Con este fin, actualmente ocupa el cargo de presidente de la Comisión de Unidad Cristiana de las Iglesias Pentecostales y Carismáticas de Norteamérica. Él y su esposa, Julie, son padres de cuatro hijos y abuelos de diez nietos, y actualmente residen en Newberg, Oregón, donde asisten a la iglesia College Street Church. 

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El Reino es lo primero 

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Hace unos años, cuando era pastor en California, nuestra iglesia tenía un sueño para nuestro viaje misionero a México: construir dos casas para dos familias necesitadas. Creíamos que era un sueño inspirado por Dios, pero solo contábamos con recursos suficientes para construir una casa (e incluso eso era todo un reto). A pesar de nuestra planificación y de las oraciones, los recursos para la segunda casa parecían inalcanzables. 

Entonces ocurrió algo inesperado. Un pastor de otro estado se enteró de lo que estábamos intentando lograr. No pertenecía a nuestra iglesia. Tampoco pertenecía a nuestra denominación. De hecho, no tenía ninguna obligación ni beneficio alguno por ayudarnos. Sin embargo, creía en la visión que Dios nos había dado. Su iglesia aportó los fondos restantes y, gracias a su generosidad, dos familias, en lugar de una, recibieron una vivienda. 

Nunca he olvidado esa respuesta porque me recordó que el Reino de Dios siempre ha sido más grande que cualquier iglesia, ministerio o incluso denominación. 

En un mundo en el que a menudo se celebra el forjarse un nombre y crear una plataforma propios, las palabras de Jesús suponen todo un reto: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia…» (Mateo 6:33, RVR1960) 

«Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia…»

(Mateo 6:33, RVR1960)

Fíjate en lo que Jesús no dijo. No nos dijo que buscáramos primero nuestros propios ministerios, iglesias o reputación. Nos llamó a buscar primero Su Reino. Y cuando lo hacemos, ocurre algo maravilloso. 

Empezamos a celebrar lo que Dios está haciendo más allá de nuestras propias paredes. Dejamos de preguntarnos: «¿En qué nos beneficia esto?», y en su lugar nos preguntamos: «¿Cómo podemos sumarnos a lo que Dios está haciendo?». Nuestra perspectiva pasa de la propiedad a la administración, y de construir nuestros propios reinos a hacer avanzar el Suyo.  

Creo que este cambio de perspectiva es una de las razones clave por las que la Iglesia primitiva experimentó una multiplicación y una unidad tan extraordinarias. 

Hechos 2 nos ofrece una de las imágenes más claras de toda la Escritura de lo que ocurre cuando el pueblo de Dios antepone Su Reino a todo lo demás. Este capítulo es, en muchos sentidos, la historia de «todos». O, como me gusta decir, «El poder de nosotros».   

El resultado que vemos es doble: gozaban de la buena voluntad de todo el pueblo, y Dios añadía cada día a la iglesia a los que iban a ser salvos. 

Su unidad hizo que el Reino de Dios se multiplicara más allá de lo que cualquier persona pudiera lograr o esperar. Su unidad no era algo artificial; se basaba en buscar primero el Reino de Dios y su justicia. 

Me parece genial cómo expresa esta verdad el Salmo 133:

«¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! […] Porque allí envía Jehová bendición, Y vida eterna»
(Salmo 133:1-3, RVR1960).  

¿Cuándo se derraman las bendiciones del Señor? Cuando su pueblo da prioridad a la unidad.   

Cuando las iglesias colaboran en unidad, esa unidad no resta importancia a cada iglesia en particular. Más bien al contrario. Creo firmemente que la iglesia local es el plan de Dios para alcanzar al mundo. Cada iglesia es importante. Cada pastor es importante. Cada congregación tiene un llamado único que cumplir.   

Pero lo que resulta alentador es saber que nuestras iglesias locales forman parte de algo mucho más grande. Las iglesias de la Biblia Abierta no es el Reino de Dios. Tu iglesia local no es el Reino de Dios. Pero juntos tenemos el privilegio de formar parte de la Iglesia de Jesucristo, haciendo avanzar Su Reino junto a hermanos y hermanas de todas las tribus, lenguas y naciones, que proclaman a Jesucristo como Señor.  

Imagina lo que podría suceder si cada iglesia celebrara cada vida transformada, cada iglesia fundada, cada misionero enviado, cada líder formado, cada comunidad transformada, no porque haya sucedido a través de «nuestro» ministerio, sino porque ha hecho avanzar Su Reino. No todos tenemos la misma tarea, pero sí compartimos la misma misión.  

No todos tenemos la misma asignación, pero sí compartimos la misma misión.

Creo que ese es el tipo de unidad por la que oró Jesús. Creo que ese es el tipo de unidad por la que luchamos. Es el tipo de unidad que vivió la Iglesia primitiva, y es el tipo de unidad que nuestro mundo necesita desesperadamente ver hoy en día. 

¿Recuerda a aquel pastor que ayudó a mi iglesia a construir viviendas en México? Lo que hizo que su contribución fuera aún más notable fue que su propia iglesia se encontraba en pleno proyecto de construcción. Tenían sus propias necesidades. Podrían haber dicho fácilmente: «Quizá en otra ocasión». En cambio, decidieron invertir en la misión del Reino de otra persona, confiando en que Dios proveería para la suya. Nunca lo olvidaré. No se planteó si se trataba de un proyecto de su iglesia ni qué implicaciones tendría para su propia campaña de construcción. Simplemente reconoció que era la obra de Dios y decidió formar parte de ella.  

Que eso sea cierto para nosotros 

Tal vez eso es lo que Jesús tenía en mente cuando dijo:
«Buscad primero el Reino de Dios».

Cuando el pueblo de Dios busca primero Su Reino, creo que Él sigue haciendo lo que siempre ha hecho. Derrama Su bendición y hace avanzar Su Reino a través de una Iglesia unida.  


Sobre el Autor

Michael Nortune es presidente de las Iglesias de la Biblia Abierta. Ha servido fielmente en la iglesia local durante treinta y cinco años. Desde sus inicios como conserje y jardinero hasta ser el pastor principal de la Iglesia Life Church en Concord (California), Michael ha adquirido experiencia a lo largo de su ministerio en todas las funciones dentro de la iglesia. No sólo tiene experiencia práctica a nivel local, sino que también ha liderado a nivel distrital, regional y nacional dentro de las Iglesias de la Biblia Abierta. Michael y su esposa Julie residen actualmente en Colorado, donde les fascina vivir cerca de cinco de sus seis hijos y sus cónyuges. También disfrutan del tiempo que pasan con su otra hija, que vive en Alabama, y con su primer nieto (¡pero no último!).

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No debería estar aquí 

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Según cualquier criterio humano, mi historia debería haber terminado de otra manera. Las heridas de mi infancia, las decisiones que tomé y la vida que construí me alejaron de Dios en lugar de acercarme a Él. Y, sin embargo, aquí estoy: Un seguidor de Jesucristo, autor, profesor y testigo del poder transformador de la gracia de Dios. 

Cuando miro atrás en mi vida, me vienen a la mente las palabras del himno «Sublime Gracia»: «Fui ciego mas hoy veo yo, perdido y Él me halló». 

Sé lo que significa sentirse perdido. 

Mi infancia estuvo marcada por profundas heridas. El alcoholismo de mi padre provocó gran desolación en nuestra familia, y crecí anhelando su amor y su aceptación. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía seis años. Esperaba que la conmoción terminara, pero surgieron nuevas dificultades, entre ellas el maltrato verbal y físico en nuestro hogar. También sufrí abuso sexual y emocional por parte de chicos y chicas mayores, así como de adultos de mi comunidad. Esas heridas me acompañaron hasta la edad adulta, moldeando la visión que tenía de mí mismo, de mis relaciones y de mi identidad de formas que no llegué a comprender del todo hasta que Cristo comenzó a sanarlas. 

A medida que fui creciendo, busqué la aceptación y la realización en lugares que nunca podrían satisfacerme de verdad. Me casé joven y tuve una hija. Obtuve un título superior y asumí puestos de trabajo cada vez con más responsabilidad. Con el tiempo, inicié una relación con una persona de mi mismo sexo que duró tres décadas.  

A simple vista, mi vida parecía un éxito. Disfrutaba de una carrera profesional en Nueva York, de proyectos empresariales, de éxito económico y de una jubilación anticipada en la costa de Carolina del Norte. Pero, bajo la superficie, me faltaba algo. Había conseguido muchas de las cosas que la gente se pasa la vida persiguiendo, y, sin embargo, me faltaba paz. Dios, sin embargo, no se había rendido conmigo.  

El Señor no estaba exponiendo mi pecado para destruirme.
Lo estaba revelando para poder salvarme.

En su providencia, Dios comenzó a reordenar mi vida. El profundo anhelo de estar más cerca de mi hija y mi nieta me llevó a dejar mi vida de jubilado en la costa y mudarme a Ohio en 2020. En aquel momento, a muchas personas les pareció una decisión irracional. Mirando atrás, puedo ver la mano de Dios guiando cada paso. Entonces llegó el momento que lo cambió todo.  

Una tarde de principios de 2021, estaba sentado solo cuando me topé con una breve reflexión basada en Mateo 7:21-23. Las palabras de Jesús me impactaron con una fuerza que nunca había experimentado: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos». Y luego vinieron las palabras que sacudieron mi alma: «Nunca os conocí; apartaos de mí». 

Durante las siguientes 24 horas, esas palabras no dejaron de resonar en mi mente. Me sorprendí haciéndome preguntas que llevaba años evitando: ¿Estaba siguiendo de verdad a Cristo?, ¿me había inventado una versión de Jesús que se ajustaba a mis deseos en lugar de someterme al Jesús revelado en las Escrituras? 

Desesperado por encontrar respuestas, abrí mi Biblia. Esperaba encontrar la aceptación y la afirmación que había creado en mi mente durante décadas. Sin embargo, me encontré con el Cristo santo y justo de las Sagradas Escrituras.  Mientras leía el Evangelio de Mateo, la Palabra de Dios puso al descubierto mi corazón. La carta a los Hebreos describe la Palabra de Dios como «viva y eficaz», y así es exactamente como la experimenté. La Biblia ya no era solo palabras en una página. Dios estaba hablando. La verdad empezó a sustituir a las mentiras en las que había creído. 

A medida que mi convicción iba creciendo, también lo hacía mi comprensión de la misericordia de Dios. El Señor no estaba sacando a la luz mi pecado para destruirme. Lo estaba revelando para poder salvarme.  

La cuestión ya no era simplemente la sexualidad. La cuestión más profunda era el señorío.

Al final, llegué a una encrucijada. La cuestión ya no era simplemente la sexualidad. La cuestión más profunda era el señorío. ¿Confiaría en Jesús? ¿Confiaría en que Su plan era mejor que el mío? ¿Le entregaría a Él mi identidad, mis planes, mis relaciones y mi futuro? Por la gracia de Dios, así lo hice. .  

El arrepentimiento fue doloroso. La obediencia exigió sacrificio. Pero lo que descubrí al otro lado no fue una pérdida, sino libertad.  

Con el paso del tiempo, Dios renovó mi mente a través de Su Palabra, sanó muchas de las heridas que habían marcado mi vida y me enseñó que mi verdadera identidad no reside en mi pasado, en mis tentaciones ni en mis sentimientos. Mi identidad está en Jesucristo. 

Hoy tengo el privilegio de compartir ese mensaje con los demás. A través de mis escritos, mis charlas y mi ministerio, animo a las personas que luchan contra el quebrantamiento sexual, la confusión de identidad, la vergüenza y la desesperanza. Mi testimonio no trata, en última instancia, de abandonar un estilo de vida anterior, sino de encontrar a un Salvador que transforma vidas. 

Si hay una verdad que espero que los lectores saquen de mi historia, es esta: Nadie está fuera del alcance de la gracia de Dios. El mismo Jesús que me buscó sigue buscando a la gente hoy en día. Sigue llamando a los pecadores al arrepentimiento. Sigue sanando los corazones heridos. Sigue haciendo nuevas todas las cosas. 

Lo sé porque lo hizo por mí. 


Sobre el Autor

Mark Richard es un autor, orador y seguidor de Jesucristo cuya vida fue transformada por la verdad y la gracia de Dios. Tras pasar casi tres décadas en una relación homosexual, encontró al Cristo vivo a través de las Escrituras y entregó su vida por completo a Él. Hoy en día, anima y equipa a personas, familias e iglesias con la verdad del Evangelio y el poder de la gracia transformadora de Dios.  

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