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Sal y luz: Una historia multigeneracional sobre la fundación de iglesias

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A los trece años tuve un encuentro con Dios y su amor me transformó. Desde entonces, he visto su mano en todos los aspectos de mi vida, y la plantación de iglesias ha desempeñado un papel fundamental en mi historia. En 2001, mis padres tuvieron la oportunidad de fundar una iglesia hispana de la Biblia Abierta en Burbank, California. Esto requería mudarnos de nuestra casa en Bell Gardens, que está a unos 35 kilómetros de Burbank. A los quince años, no me hacía mucha gracia la idea de cambiar de iglesia, y mucho menos de escuela secundaria. Sin embargo, mis padres sintieron la necesidad de explorar la oportunidad. A pesar de mis dudas iniciales, el día que fuimos a ver la iglesia fue el día en que mi corazón cambió de opinión. Recuerdo que entré por la puerta principal y sentí algo especial al mirar a mi alrededor. Dios me estaba abriendo los ojos a todo lo que la iglesia podía llegar a ser. Mis padres oraron y finalmente tomaron la decisión de fundar la iglesia y trasladar a nuestra familia a Burbank.

El pastor Eddie y la pastora Irma con sus dos hijos Melissa e Isaac en 2001.

Poco después de mudarnos, comenzaron a realizar servicios dominicales. La iglesia la formábamos mi madre, mi padre, mi hermano pequeño y yo. Mi madre tocaba el piano y dirigía el culto, mientras yo intentaba tocar la batería que había allí. Mi padre nos predicaba a los tres, semana tras semana. No fue hasta el sexto mes cuando dimos la bienvenida al primer miembro de la iglesia. Con el tiempo, algunos llegaron y otros se fueron, pero siempre hubo quienes se quedaron. Al mirar atrás, recuerdo muchas historias diferentes que me mostraron lo bueno, lo malo y lo feo de fundar y pastorear una iglesia. Yo aún no lo sabía, pero Dios me estaba preparando para lo que vendría, tanto a través de la experiencia de mis padres como de lo que Él estaba haciendo en mi corazón. Cada equipo que dirigía, cada vacío que cubría y cada lágrima que derramaba eran el medio por el que Él me hacía madurar. Quizá mis padres no se dieron cuenta en aquel momento, pero con sus enseñanzas y correcciones, y al crear un espacio para que yo creciera, estaban invirtiendo en el futuro: el de nuestra iglesia y el del Reino de Dios.

mis padres no se dieron cuenta en aquel momento, pero con sus enseñanzas y correcciones, y al crear un espacio para que yo creciera, estaban invirtiendo en el futuro…

Con el paso de los años, los visitantes entraban en la iglesia durante la adoración y se marchaban porque no entendían el idioma español. En 2016, Dios despertó en mi corazón el deseo de iniciar un ministerio en inglés y, en febrero de 2017, me abrió la puerta para comenzar un estudio bíblico en inglés en la iglesia de mis padres. Para entonces, ya me había casado con mi esposo, Víctor, y teníamos a nuestra hija, Olivia. Durante la semana de nuestro primer estudio bíblico, descubrí que estaba embarazada. Tras un año intentándolo, mi hijo Lucas estaba en camino. Sin embargo, después de dar a luz a nuestro bebé sano, enfermé gravemente debido a complicaciones en el parto. No tuvimos más remedio que suspender el estudio bíblico. No sabía que los siguientes cinco años serían algunos de los más difíciles de mi vida. Pero, como dice el Salmo 30:5, «El llanto podrá durar toda la noche, pero con la mañana llega la alegría» (NTV). Salí de esos años más fuerte y con más entusiasmo que nunca.

Día de Inauguración del Centro Nuevo Amanacer, con muchos pastores orando por la familia Valdovinos.

En la primavera de 2023, debido al deterioro de la salud de mi madre, empecé a ayudar a mi padre en la predicación de nuestros servicios de los viernes por la noche. Con el paso del tiempo, Dios comenzó a tocar fuerte y profundamente mi corazón acerca de lo que había dejado inconcluso en 2017. Nuestra iglesia todavía necesitaba urgentemente un ministerio en inglés. Compartí esta carga con mi esposo y nos dimos cuenta de que, esta vez, los riesgos eran mayores y la necesidad había pasado a ser personal. Nuestros propios hijos se estaban perdiendo ciertos aspectos de la iglesia a causa de la barrera del idioma. Este ministerio no solo bendeciría a nuestra ciudad, sino también a las generaciones futuras. Empecé a orar para conocer la voluntad de Dios y supe que no se trataba de un estudio bíblico en inglés, sino de una nueva iglesia en inglés. Sentía una gran urgencia y pasión por este llamado. Por eso, retomé mis cursos de INSTE Nivel Dos para prepararme más y, como la salud de mi madre se estabilizó, compartí la visión con mis padres. Poco después, solicité mis credenciales pastorales y recibí la licencia en agosto de 2024. En octubre, mis padres se sumaron como nuestra iglesia «madre» o «enviadora», y comenzamos a prepararnos para la iglesia Sal y Luz.

Pero les digo que nunca pierdan el ánimo, porque Dios nunca cambia de opinión sobre quiénes están destinados a ser.

Ahora estamos trabajando con el Church Multiplication Collective de las Iglesias de la Biblia Abierta y con nuestra iglesia madre para prepararnos para un lanzamiento en marzo de 2026. Me complace comunicar que hemos celebrado con éxito una Noche de Visión y tres Noches de Avivamiento este verano pasado. Dios se ha manifestado y seguimos avanzando con estudios bíblicos semanales y reuniones de equipo. El proceso de fundar iglesias no es fácil. Se requiere paciencia, fe y mucho valor. He aprendido que las cosas no siempre salen como uno las imagina, y que las personas que uno espera que se unan no siempre son las que Dios tiene preparadas para el viaje. Habrá momentos en los que vuestra vocación será puesta a prueba. Pero les digo que nunca pierdan el ánimo, porque Dios nunca cambia de opinión sobre quiénes están destinados a ser. Ya sea que hayan sido llamados a plantar iglesias, hacer misiones, o cualquier otra cosa, el ministerio siempre comienza con un al llamado. Dios les dará lo que necesitan y a quienes necesitan para edificar Su Reino. Nuestro Dios es el Dios que provee, y Él nunca falla. Él es y siempre será.


SOBRE LA AUTORA

Melissa Alvarez se graduó en Psicología en la Universidad Estatal de California, Northridge, y completó el programa de INSTE. Es de segunda generación mexicana-estadounidense, y creció en los Ministerios Hispanos de la Biblia Abierta. Ella es bilingüe y usa sus dones para ministrar en español e inglés. En 2001, sus padres plantaron una iglesia hispana en Burbank, California, y ahora ella está en el proceso de plantar una iglesia en inglés en el mismo edificio. Melissa es una apasionada de su familia y del avivamiento. Está casada con Víctor y tienen dos hijos.

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Un milagro de un jueves por la mañana

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Me desperté sin poder hablar. Tenía un tubo respiratorio en la garganta. Había máquinas alrededor de mi cama de hospital. Estaba desorientada, me habían intubado y yacía en una sala de la UCI sin recordar cómo había llegado hasta allí. Pero, curiosamente, no tenía miedo. En medio de aquel caos, Dios me concedió una paz inexplicable. 

Con gestos desesperados, pedí papel y lápiz para poder hacer dos preguntas: «¿Qué pasó?», «¿Y dónde está George?». 

El padre de mi hijo me explicó que había sufrido un grave accidente automovilístico. El automóvil quedó completamente destrozado. Me habían encontrado atrapada bajo el volante con graves lesiones faciales. 

La mañana del 22 de enero de 2026 había comenzado como cualquier otro jueves. Me preparé para ir al trabajo, puse a mi hijo George, de 18 meses, en su sillita del auto con el cinturón de seguridad y salí del garaje esperando que fuera un día normal. 

Pero acabó siendo todo menos un día cualquiera. 

Mi vecino, que había salido de casa a la misma hora que yo, me explicó más tarde lo que había pasado. Los dos conducíamos a unas quince millas por hora cuando el coche que yo manejaba perdió el control de repente. Todavía no sé por qué, y no recuerdo nada de ese momento. 

Por la gracia de Dios, George salió prácticamente ileso.  

Por la gracia de Dios, George salió prácticamente ileso.   

El parabrisas trasero se hizo añicos justo encima de él, pero los cristales no le causaron ningún daño gracias a la posición en la que quedó la sillita del auto. Todo el lado izquierdo trasero del vehículo quedó aplastado hacia dentro, pero George iba sentado en el asiento trasero derecho. Incluso ahora, solo puedo dar gracias a Dios por haberlo protegido. 

Me llevaron en ambulancia al hospital y me ingresaron en la UCI de Traumatología. Los médicos le dijeron a mi familia que había sufrido un traumatismo craneal grave que había provocado una hemorragia cerebral y otra interna en la zona abdominal. Entonces, comenzaron a preparar a mi familia para la posible pérdida de mi embarazo.  

Pero los médicos no conocían al Dios al que mi familia y yo servimos, ni sabían lo misericordioso que es. 

Pero los médicos no conocían al Dios al que mi familia y yo servimos, ni sabían lo misericordioso que es. 

Mi familia empezó a orar inmediatamente. Los miembros de mi iglesia, Templo de la Biblia Abierta de Homestead, comenzaron a llegar al hospital y, en poco tiempo, todo un ejército de personas intercedía por mí.  

Durante esos dos primeros días, entraba y salía del estado de conciencia, por lo que recuerdo muy poco. Pero hay un momento que permanece claro en mi mente: oí la canción I Surrender, de Hillsong Worship, sonando en mi habitación del hospital. La letra: «Con tu aliento Dios, sopla en mi interior, cumple Señor Tu voluntad en mí»,  
se quedó conmigo y me proporcionó una profunda sensación de consuelo en medio de todo lo que estaba sucediendo a mi alrededor. En ese momento, esas palabras se convirtieron en mi oración, mientras oraba en silencio: «Dejo esto en tus manos».  

Después de tres días en la UCI, me retiraron el tubo respiratorio sin complicaciones y empecé a mejorar notablemente. Las ecografías mostraban a un bebé feliz y moviéndose, y la hemorragia se había detenido. 

Al cuarto día, me trasladaron de la UCI a la unidad de cuidados intermedios, antes de pasar finalmente a la planta de medicina y cirugía. Los médicos comenzaron entonces a prepararme para una cirugía maxilofacial destinada a reconstruir mi rostro tras sufrir múltiples fracturas. 

El 30 de enero me sometí a una intervención quirúrgica de ocho horas. Por la gracia de Dios, la operación fue un éxito y, en una ecografía posterior, se confirmó que mi bebé aún no nacido seguía sano y en buen estado. El 3 de febrero, por fin me dieron el alta y pude volver a casa. 

Desde entonces, mi recuperación ha ido bien. Ahora estoy embarazada de veintiocho semanas y espero con ilusión la llegada de mi bebé. En cada momento aterrador, Dios me dio fuerzas y paz, y nunca dudé de su misericordia. 

Hoy soy un testimonio vivo de su gracia. 


Sobre la Autora

Thammy Castro vive en Miami, se dedica a la terapia conductual y pronto será madre de dos hijos. En su tiempo libre, le gusta viajar con su familia. Es miembro de la Iglesia Templo de la Biblia Abierta de Homestead, donde sus padres, José y María Castro, sirven como pastores.  

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Criaturas, os doy vuestro ser

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Hace varios años, tuve una conversación reveladora con mi higienista dental. Mientras me hacía una entrevista sobre mi historial médico, Christy —para quien yo era una paciente nueva— fue sacando a relucir poco a poco los acontecimientos de los últimos siete años de mi vida. «Así que te mudaste a Los Ángeles después de tener a tu primer hijo y, luego, cuando estabas embarazada de gemelos, ¿te mudaste aquí, a Spokane?».  

Asentí con un «Ugnnnhhh» mientras tenía los dedos de su guante en la boca. 

«Vaya, gemelos, no me extraña que no hayas tenido tiempo para ir al dentista», dijo. 

(Claro, esa es la razón…) 

«¿Así que fue dos años después de tener a los gemelos cuando te enteraste de que tu hija era diabética?». Retiró las manos y esperó mi respuesta.   

«Ajá… Y luego, el año pasado fue cuando me operaron de la espalda», dije con cierta vergüenza, consciente de lo dramáticos que sonaban esos años de mi vida sobre el papel. 

«Vaya», dijo mientras me metía el aparato de rayos X en la boca, «has tenido una vida realmente genial».  

… cada vez que he superado la incomodidad, ha habido un momento rebosante de gloria al otro lado.

Qué regalo es la vida. En cada detalle de su caótica gloria, la vida no es más que un regalo, un beso en la frente del Padre que nos ama. Poquito a poco estoy aprendiendo a no desear borrar los capítulos de mi historia que yo no escribí. Tal y como me enseñó mi profesora de inglés de secundaria, estoy aprendiendo a no borrar nunca nada, porque nunca se sabe qué puede surgir de las frases de tu historia que, a primera vista, parecen indeseables.  

Me he dado cuenta de que muchas de las historias más significativas son aquellas que sus autores nunca habrían elegido por sí mismos. Esta verdad se hace patente a lo largo de este número de El mensaje de la Biblia abierta, donde una historia tras otra revela la hermosa obra de Dios a través de circunstancias que fueron todo menos fáciles. Si borrara todas las frases de mi propia historia que me causan incomodidad, no me quedaría nada significativo; mi vida sería una pila de hojas en blanco. Cada momento incómodo me llevó a descubrir la realidad: quién era yo realmente, quién era Dios realmente y de qué se trataba realmente la vida.  

Estoy aprendiendo a afrontar los momentos incómodos en lugar de huir de ellos, y aquí está la razón: cada vez que he superado la incomodidad, me he encontrado con un momento bañado en gloria al otro lado. El fuego, las olas, el viento… todo merece la pena y podemos atravesarlos sabiendo que Dios está con nosotros y nos espera al otro lado.  

Entonces Dios dijo: «Hagamos a los seres humanos a nuestra imagen, para que sean como nosotros. Ellos reinarán sobre los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, todos los animales salvajes de la tierra y los animales pequeños que corren por el suelo» (Génesis 1:26, NTV).

Nos volvemos más humanos, más nosotros mismos, después de haber sufrido un poco. Aunque el sufrimiento nunca formó parte del plan original de Dios, Él lo utiliza para restaurarnos según su diseño original para nosotros. A medida que el sufrimiento nos acerca más a Él, empezamos a parecernos más a la persona que Él quiso que fuéramos. ¿No es increíble que volvernos «más humanos» signifique, en el sentido más verdadero, volvernos más como Dios? Al fin y al cabo, los seres humanos fuimos creados originalmente a su imagen (Génesis 1:26). No podría haber mayor privilegio, ni regalo más dulce.  

Nos volvemos más humanos, más plenamente nosotros mismos, después de haber sufrido un poco.

Hay un pasaje en «El sobrino del mago» de la serie Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, en el que Aslan, el león (el personaje que representa a Dios en la historia), acaba de dar vida a toda la creación, incluidas las que antes eran las «bestias mudas» de la tierra. Una vez que todos y todo han despertado a una nueva vida, Aslan dice algo extraordinario: «Criaturas, os doy vuestro ser» (capítulo 9). Esta frase, que por cierto me hace llorar cada vez que la leo, lo resume todo: Nuestro verdadero yo, diseñado por Dios, nos fue dado como un regalo. Al igual que Aslan, Dios da forma a nuestras vidas y nos las entrega sin reservas, plenamente seguro de su valor y suficiencia. Si Él está tan seguro del valor de este regalo, entonces oro para estarlo yo también. 

Aslan les recuerda a sus criaturas «los caparazones» de dónde proceden y, al hacerlo, les advierte que no vuelvan a ellos, que no renuncien a la vida vibrante y auténtica con la que él las ha bendecido. Este recordatorio de Aslan se ha convertido en mi oración. La vida auténtica que Dios me ha regalado vale todo lo que he tenido que pasar para conseguirla y no quiero renunciar a ella jamás. Que nunca vuelva al caparazón del que procedo. 

Aquí está, pues, mi vida, impregnada de sufrimiento y alegría, bendecida por Dios. Esta es mi historia, y me niego a menospreciarla.  


Sobre la autora

Hannah Bemis en la actualidad trabaja como editora y directora de El Mensaje de la Biblia Abierta. Siempre quiso hacer muchísimas cosas cuando fuera mayor, y Dios le ha permitido realizar la mayoría de ellas en diferentes etapas de su vida. Después de dedicarse a la crianza de los hijos, la enseñanza, la escritura y el trabajo pastoral, la aventura más reciente de Hannah y de su esposo Jordan ha sido la plantación de la iglesia College Street Church en Newberg, Oregón. Su pasión, además de Jesús y de todos sus seres queridos, la dedica en forma proporcional a la pizza y al chocolate negro.  

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Ninguna oración se olvida:  El viaje de 60 años en busca de su hermano

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Ruth Brauer pasó décadas preguntándose por el hermano al que nunca llegó a conocer. Había nacido con síndrome de Down en la década de 1960 y se lo habían llevado sin dar muchas explicaciones, mientras que a ella le habían disuadido de hacer preguntas. Tras años buscando sin éxito, una serie de contactos que solo Dios podría haber orquestado la llevaron al reencuentro por el que había estado orando. Sesenta años después de su nacimiento, Ruth vio por fin a su hermano por primera vez.   

Era marzo de 1960. Ruth estaba a punto de cumplir siete años cuando nació su hermanito el 8 de marzo en el Hospital Metodista de Iowa. La ilusión de tener por fin un hermano junto a ella y sus tres hermanas se convirtió rápidamente en confusión, al no poder conocerlo. Más tarde, se enteró de que tenía síndrome de Down y de que los médicos aconsejaron a sus padres ingresarlo en el cercano Hospital Estatal de Woodward. 

La primera foto que Ruth recibió de su hermano, Alan.

«En los años sesenta, eso era lo que se hacía», comentó Ruth. «Pero sé que esa decisión destrozó a mis padres».  

Las preguntas sobre Alan fueron silenciadas. Ruth no sabía dónde él estaba ni siquiera su fecha de nacimiento exacta. act birth date. 

«Siempre pensaba en él, pero cada vez que formulaba preguntas, me metía en líos».  

Sin siquiera conocerlo, Ruth siempre se había sentido conectada con su hermano. Esa compasión marcó gran parte de su vida. En 2016, un amigo la invitó a la iglesia Journey Church y Ruth quedó especialmente conmovida por las actividades dirigidas a niños con necesidades especiales. Como peluquera, sus clientes favoritos eran personas con necesidades especiales y, además, fue voluntaria durante años en los Juegos Olímpicos Especiales de Des Moines. 

Ahí fue donde se produjo el primer avance.   

Un día, mantuvo una conversación más profunda con Ray, un compañero voluntario. Le comentó que había trabajado en el Hospital Estatal de Woodward desde 1959. Esto llamó inmediatamente la atención de Ruth. 

«¡Mi hermano estuvo allí en 1960! Su nombre era Alan Politsch». 

La reacción de Ray fue inmediata. Abrió bien los ojos y empezó a alejarse. 

«Espera, no te vayas ¿qué he dicho?», le gritó Ruth. 

Tenía la mano sobre la mesa y, de repente, él la estaba sosteniendo.

«No me permiten hablar contigo», respondió. «Tus padres me lo han prohibido». 

Sin embargo, ella insistió en que le diera un dato: Su fecha de nacimiento. 

«Por favor, mis padres han fallecido. Solo quiero encontrar a mi hermano».  

Antes de que acabara el día, Ray le dijo discretamente cuál era el mes y el día. Eso era suficiente para empezar, pero no suficiente para derribar el muro de las medidas de protección de la privacidad. Todos los hogares de acogida a los que se dirigió rechazaron su solicitud.  

Alan en un baile de graduación para jóvenes con necesidades especiales.

Pasaron los años.  

Entonces se abrió otra puerta, esta vez en un banco de alimentos. Ruth le contó su historia a un voluntario llamado Bob, quien se ofreció a ponerla en contacto con alguien del Departamento de Estado.   

«Puede que ni siquiera te llamen», le advirtió.  

Pero lo hicieron.   

La mujer que estaba al teléfono no se identificó, sino que se limitó a decir: «Bob me ha dicho que tenía que escuchar tu historia». Ruth le contó todo lo que sabía: nombres, fechas, lugares, historia familiar. Unas semanas más tarde, volvió a sonar el teléfono.  

—Hola, mi nombre es Michelle y soy la representante legal de Alan —afirmó la voz. 

Con lágrimas en los ojos, Ruth empezó a hablar. 

—No quiero quitarte nada. Solo quiero saber si está bien y, quizá, ver una foto suya. Y, algún día, tal vez conocerlo».  

Mientras hablaba, el celular de Ruth empezó a emitir un aviso. Michelle le estaba enviando fotos. 

La llamada se produjo en 2021, pero se tardaría casi dos años en ganarse la confianza suficiente para una visita. 

«Siempre sentí que él estaba cerca», dijo Ruth.  
«Simplemente no sabía que había estado a cinco millas de distancia toda mi vida». 

En agosto de 2023, Ruth fue invitada a una reunión del personal en el centro de atención de Alan. Mientras estaba sentada en la sala con otros nueve empleados que la miraban fijamente, Michelle entró con Alan y lo dirigió hasta el asiento que estaba justo al lado de Ruth.  

«No dejaba de mirarme, asintiendo con la cabeza y con una pequeña sonrisa torcida», dijo Ruth. «Tenía la mano sobre la mesa y, de repente, me la cogió». 

Una enfermera que observaba la escena a través del vídeo intervino: «Ya sabe que eres su hermana». 

El vínculo fue inmediato y mutuo.  

«Siempre sentí que él estaba cerca», dijo Ruth.  
«Simplemente no sabía que había estado a cinco millas de distancia toda mi vida». 

Alan en la fiesta de su 66 cumpleaños.

Desde ese día, han celebrado juntos los cumpleaños y las festividades.  

«Él es el mejor», dijo ella. «Me cabe perfectamente bajo el brazo, es pequeñito. Le encanta Papá Noel, el color rojo, la Coca-Cola y las gafas de sol».  

Sin embargo, el reencuentro también ha traído consigo una gran carga. Alan, que ahora tiene 66 años, está enfermo, y a Ruth le han pedido que ayude a organizar su funeral. 

«Acabo de encontrarlo», dijo. «Ahora estoy ayudando a organizar su funeral, pero es mío. Es mi hermanito menor… el que esperé tener desde los siete años». 

Mirando atrás, Ruth sigue descubriendo las huellas de Dios. Ray, quien le proporcionó por primera vez la fecha de nacimiento de Alan, más tarde le reveló que había sido su cuidador durante sus primeros dieciséis años de vida en el hospital. 

¿Qué probabilidades hay de que eso ocurra? 

Al preguntarle a Ruth qué le ha enseñado este viaje, no duda en responder: 

«Paciencia, perseverancia, oración y personas». Eso fue lo que se necesitó para encontrar a su hermano, y eso fue lo que el Señor le proporcionó a lo largo del camino.   

Algunas historias no se desarrollan rápidamente. Muchas de ellas llevan tiempo, y solo más tarde nos damos cuenta de cómo Dios estaba obrando en nuestra espera. La historia de Ruth nos sirve de recordatorio de que ninguna oración queda en el olvido, ninguna relación está fuera de nuestro alcance y que, incluso en los capítulos de la vida que parecen largos o monótonos, Dios sigue escribiendo.   


Sobre la autora

Hannah Bemis en la actualidad trabaja como editora y directora de El Mensaje de la Biblia Abierta. Siempre quiso hacer muchísimas cosas cuando fuera mayor, y Dios le ha permitido realizar la mayoría de ellas en diferentes etapas de su vida. Después de dedicarse a la crianza de los hijos, la enseñanza, la escritura y el trabajo pastoral, la aventura más reciente de Hannah y de su esposo Jordan ha sido la plantación de la iglesia College Street Church en Newberg, Oregón. Después de Jesús y de todos sus seres queridos, su pasión la dedica en forma proporcional a la pizza y al chocolate negro.  

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