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Cómo escuchar a Dios
Por Dyrie M. Francis
En medio del caos y el ruido de la vida cotidiana, algunos relegarían el escuchar la voz de Dios a pastores y líderes espirituales cuya vocación les exige estar en comunión con Dios para poder ministrar a Su Iglesia. La verdad es que a Dios le complace hablar a sus hijos y que ellos le escuchen. Las Sagradas Escrituras están llenas de ejemplos de individuos, e incluso de una nación, que escucharon hablar a Dios.
Desde el principio, Dios disfrutó de la comunión con Adán y Eva en el Jardín del Edén, hasta que el pecado interrumpió la relación entre Dios y la humanidad (Génesis 3:1-10). Dios habló a Abram (cuyo nombre se cambió más tarde por el de Abraham) y le ordenó que se fuera a una tierra que le daría a él y a sus descendientes si obedecía los mandatos de Dios. Dios prometió bendecir a todas las naciones a través de Abraham (Génesis 12:3). Imagínense a Samuel, un jovencito que oye a Dios llamarlo por su nombre para tener una conversación con él. Jeremías, a quien Dios llamó como profeta a las naciones, se sentía inadecuado para la tarea, pero Dios prometió capacitarle (Jeremías 1:4-10). Éxodo 33:11 dice que Dios habló con Moisés «como un hombre habla con su amigo». Josué, el sucesor de Moisés, tuvo un encuentro con Dios como libertador y Salvador en un momento de derrota militar contra la nación de Hai. Dios reveló a Josué la razón por la que Israel fue derrotada y los pasos para recuperar la victoria (Josué 7:4-11).
El Nuevo Testamento registra muchos momentos en los que Dios habló a los discípulos; por ejemplo, en el Monte de la Transfiguración (Lucas 9:35); a Saulo, el perseguidor de la Iglesia, mientras iba de camino a Damasco (Hechos 9:1-6); y a Pedro mientras estaba en éxtasis en la azotea (Hechos 10:9-16). Por último, Juan, el amado apóstol, quien dejó escrito la revelación de Jesús al final de los tiempos (Apocalipsis 1:11; 2, 3, 22:12,16, 20).
¡Dios quiere hablar todavía hoy con cada uno de sus hijos! Dios habla a través de sueños, visiones, las Escrituras, por sentimientos o pensamientos, y menos comúnmente, audiblemente. Pero. a menudo Sus hijos son insensibles a la dulzura de Su voz.
En una ocasión, cuando mi hijo tenía cuatro años, me preguntó: «Mami, ¿por qué Dios habla tan bajito?».
Le pregunté: «¿Qué quieres decir?».
Él respondió: «¡He intentado oír a Dios, pero habla tan bajito!».
Fue un gran momento de enseñanza unido a un profundo sentimiento de gozo por el hecho de que mi hijo de cuatro años deseara oír a Dios de forma audible. Le animé a que escuchase con más atención e incluso a que le pidiera a Dios que le hablase más claramente. Dios respondió aproximadamente un año después, cuando mi hijo se despertó de repente y preguntó por una misionera por la que nuestra familia oraba con regularidad. Él nos dijo que algo andaba mal con ella. También nos dijo que uno de nuestros pastores locales (a quien mencionó por su nombre) estaba pasando por un problema. Le animamos a orar por ambas personas y nos unimos a él en oración. Poco después, el pastor nos contó que su iglesia estaba atravesando por una grave división. También nos llegó la noticia de que la misionera estaba atravesando dificultades en el extranjero.
Existen cuatro factores que nos ayudan a escuchar la voz suave de Dios: La concentración, el tiempo, la autodisciplina y la fe. Gracias a la bondad y la gracia de Dios, podemos escucharle mientras crecemos en estas áreas.
Factor #1 — LA CONCENTRACIÓN
La distracción es nuestro principal enemigo cuando se trata de escuchar a Dios.
Desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, la plétora de distractores en nuestro entorno personal reclama atención y desvía la atención del Espíritu Santo que mora en nosotros, que es nuestro maestro y guía. Nuestros hogares y automóviles están llenos de aparatos tecnológicos. La cacofonía de géneros musicales, películas, noticias mundiales, deportes y juegos electrónicos compiten por la mente y cautivan el corazón. Beneficiaría a nuestra cultura la orden de Jacob a su familia de despojarse de sus dioses ajenos, purificarse y volver a buscar juntos a Dios en Betel (Génesis 35:2-3). Tristemente, algunos aparatos se llevan ahora a la casa de adoración. Independientemente de la edad, los creyentes deben ser conscientes del impacto de las distracciones y deben apartar en forma intencional un lugar «tranquilo» para reunirse con Dios. Incluso un rincón tranquilo, un clóset si es necesario, un lugar fuera de la casa o apartamento, o un vehículo estacionado puede cambiar la trayectoria de la distracción a la capacidad de discernir la presencia de Dios y escucharlo hablar.
Factor #2 — EL TIEMPO
Todos tenemos las mismas 24 horas diarias, es decir, 1.440 minutos o 86.400 segundos. El dicho popular nos recuerda que «el tiempo perdido no se recupera». Considere los beneficios para la persona promedio que reflexiona sobre el desperdicio de los segundos, minutos u horas gastados en actividades que no fomentan el crecimiento espiritual y opta, en cambio, revertir su rumbo y escuchar y meditar más en las Escrituras y en escuchar a Dios.
Por lo general, nuestras oraciones son más bien monólogos. Hablamos, Dios escucha, y salimos corriendo sin permitirle que nos hable. Culpamos a nuestros horarios sobrecargados por nuestra falta de oración, meditación y de escuchar a Dios. La vida se convierte en un ciclo interminable de actividad tras actividad. Sin embargo, en 1 Reyes 19:12, cuando Elías necesitaba oír a Dios, observó que Dios no se encontraba en el viento ruidoso, ni en el terremoto, ni en el fuego. Elías escuchó a Dios en Su silbo apacible y delicado. ¡Debemos escoger escuchar para oír!
Jesús dijo a sus discípulos: «Apartaos… y descansad» (Marcos 6: 31). Este descanso era más que un reposo físico. Era descansar en Dios, lejos incluso de los milagros de sanidad y liberación y del poderoso avivamiento. Era aprender del amor y la compasión de Dios por los perdidos y quebrantados y recibir poder para ministrar en forma eficaz. El trabajar para Dios no sustituye el descansar en Dios. Jesús elogió a María por elegir «la mejor parte» en contraste con Marta, que se había sumergido en la preparación de las necesidades físicas de Jesús, pero descuidó Su alimento espiritual vivificante en el proceso (Lucas 10:41-42). El ajetreo y las actividades a menudo no edificantes son los enemigos del tiempo que pasamos con Dios, que consumen los insustituibles 86.400 segundos asignados cada día.
Factor #3 – LA AUTODISCIPLINA
La autodisciplina tiene un impacto en nuestra capacidad de oír hablar a Dios. El diccionario Oxford define la autodisciplina como: «La capacidad de ir en pos de lo que uno considera correcto a pesar de las tentaciones de desistir hacerlo». Se cuenta la historia de un pastor asiático que había ministrado todo el día en las aldeas y llegó a casa después de la medianoche. Sin embargo, se despertó a las cuatro de la mañana para orar y buscar la ayuda de Dios para el día. Su compañero occidental, que estaba de visita, se alarmó al ver que el pastor se levantaba tan temprano. El pastor que oraba respondió que necesitaba escuchar a Dios mucho más de lo que su cuerpo necesitaba dormir.
David meditaba en el Señor día y noche (Salmo 63:6; 119:164) y nos exhortaba a ofrecer a Dios los sacrificios de alabanza y acción de gracias. Jesús, modelo de autodisciplina, se levantaba temprano y se iba a un lugar tranquilo para orar y estar en comunión con el Padre (Marcos 1:35). En su momento de mayor tristeza, se separó de los discípulos y suplicó a Dios Padre que le diera fuerzas para afrontar su «Copa» de sufrimiento en el Calvario por nuestros pecados.
Protéjase de la autoindulgencia, enemiga de la autodisciplina. Tenemos la tentación de complacernos más de lo debido a expensas de la autodisciplina, que nos impulsa a seguir haciendo lo correcto a pesar de los desafíos que podamos encontrar. Los versos de un famoso himno, «Llévame al Calvario» (Lead Me to Calvary), refuerzan mi decisión de buscarle a pesar de mis dificultades y limitaciones.
Que esté dispuesto,
Señor, a llevar mi cruz por Ti
Incluso a compartir Tu copa de dolor
Tú lo has llevado todo por mí
No sea que olvide Getsemaní
No sea que olvide Tu agonía
No sea que olvide Tu amor por mí
Llévame al Calvario
Factor #4 – FE EN DIOS
La fe en Dios es fundamental para oírle hablar. Jesús prometió enviar al Consolador, al Espíritu Santo que nos enseñaría todas las cosas (Juan 14:16-17, 26). A menudo, optamos por nuestros caminos y tomamos decisiones basadas en los principios del mercado. Pero la fe se aferra firmemente a las promesas de Dios y no se deja intimidar por las pruebas. El enemigo de la fe es la incredulidad (Efesios 6:16). El escritor del libro de Hebreos enfatizó: «Sin fe es imposible agradar a Dios» (Hebreos 11:6).
Crecer en estas cuatro áreas puede ayudarnos a ser más sensibles a la voz de Dios. Algunas denominaciones cristianas enseñan que Dios no sigue hablando fuera del texto escrito. A lo largo de mi experiencia cristiana, Dios me ha hablado claramente muchas veces. Una vez fue en voz alta, sonando como un trueno. La mayoría de las veces me ha hablado a través de mis pensamientos y las Escrituras. Algunos de Sus mensajes fueron instructivos; otros correctivos o acerca del futuro. Dos de los mensajes advertían de un desastre inminente para nuestra nación que ocurrió el 11 de septiembre y en la Villa Olímpica de Georgia. Testigos pueden testificar sobre estos dos últimos, ya que les informé de la revelación de Dios en una reunión de oración antes de que ocurrieran.
Una de las tareas más difíciles que recibí fue cuando recibí un mensaje para una pareja a la que respetaba mucho y consideraba modelos a seguir. El mensaje de Dios era un llamado al arrepentimiento, o de lo contrario «serían como Ananías y Safira» (Hechos 5). Me quedé petrificada y poco dispuesta, rogándole a Dios que me liberara de esta tarea, ¡pero no lo hizo! Esperaba que no hubiera nadie en casa de ellos, toqué al timbre y corrí literalmente hacia mi coche. Pero antes de que pudiera encender el vehículo, la puerta principal se abrió y alguien dijo: «¡Espera!».
Brotaron lágrimas de temor. Comuniqué el mensaje y emprendí una precipitada retirada. Sólo estaba presente la esposa, que me pidió que no me marchara. Comenzó a llorar y a confesarse.
Me quedé estupefacta. Había juzgado a Dios por ser duro con estos «buenos cristianos». Oré por la familia y me marché entristecida y destrozada. Dios se preocupa de todo lo que nos concierne.
Necesitamos seguir orando para ser sensibles al Espíritu de Dios, tener oídos atentos, un espíritu que discierne y un corazón obediente. Que Él nos ayude a enfocarnos en la «mejor parte» como lo hizo María, a cuidar los segundos y los minutos porque suman días, semanas, meses y años; a crecer en la autodisciplina, y a crecer en la fe alimentada por la Palabra de Dios. De este modo, es más probable que oremos, escuchemos y oigamos a Dios hablarnos. Mantenga abierta la línea espiritual. ¡Dios sigue hablando en nuestra generación (Apocalipsis 3:20)!
Sobre la Autora

Dyrie Francis Obtuvo un Diploma en Enfermería, con un máster en Ciencias de la Enfermería y un máster en Liderazgo Cristiano, vive en el sur de Florida, donde ella y su marido, Karl, fundaron hace treinta años la Iglesia de la Biblia Abierta Living Word, en Cooper City. La congregación está formada por creyentes de 22 países, incluida una minoría de estadounidenses caucásicos. La iglesia celebra la unidad en la diversidad y busca con ahínco el cumplimiento de la Gran Comisión sin distinción de raza o color. Dios y la familia son fundamentales en la vida y el paradigma ministerial de Dyrie. Ella ama a la gente y sirve a través de la enseñanza de la Palabra y el ministerio de la oración. En su vocación de servicio subyace una profunda e ineludible sensibilidad hacia el corazón de Dios sobre la justicia y la situación de los oprimidos. Ella sirve como un puente para muchos y continuará por la gracia de Dios. Dyrie y Karl tienen dos hijos adultos, Jonathan (casado con Andrea) y Bryan (casado con Terrone) y una nieta, Christine Noelle.
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Reopening the Old Wells: Bringing Ancient Liturgy to the Modern Age
Isaac dug out again the wells that were dug during the lifetime of his father Abraham. The Philistines had closed them up after Abraham’s death. Isaac gave them the same names his father had given them. Isaac’s servants dug wells in the valley and found a well there with fresh water. (Genesis 26:18-19 CEB).
I came to faith as a teenager and had very few church experiences up to that point. My earliest formation as a Christ follower took place within Open Bible church settings, where I found deep community and meaningful spiritual experiences that I continue to value. At the same time, as in many modern evangelical churches, there was limited exposure to the ancient liturgies and historic practices of the wider Church.

These traditional cornerstones that were foundational to ecclesial life for millennia had been almost eliminated in the churches I attended. It seemed to me that these practices were at best met with ignorance and at worst with grave suspicion. The predictable result was that any real understanding and appreciation for ancient liturgical practices was absent from the first two decades of my church life. I rarely thought about things like Ash Wednesday services, the Book of Common Prayer, and Advent, and if I did, it was with a healthy side dish of uninformed judgment. I viewed Lent the same way I viewed lentils: it was a cold and exotic experience that was both frightening to prepare and painful to consume.
I viewed Lent the same way I viewed lentils: it was a cold and exotic experience that was both frightening to prepare and painful to consume.
This was my context as a few of our church staff began asking whether we could introduce some of these ancient practices into our church worship experience. As you might imagine given my church background, it took me a while to warm up to the idea. I began a process of asking questions, listening, and learning, even reaching out to an Anglican priest friend to hear his take on the value of these long-held traditions. Through all this, Christ in His goodness and patience has allowed us now to incorporate many of these practices into our regular church experience. As a result, I am happy to report that we are experiencing wonderful depth and meaning in our gatherings as we’ve adopted and applied some of these long-proven elements of discipleship.

Our time of worship now always includes the public reading of a Psalm (a practice we have adopted from the Book of Common Prayer) to bring us back to the ancient hymn book of Israel. We have a fresh understanding of what it is to give up something physical in order to gain something spiritual as we fast in the forty days of Lent. Christmas time and the lighting of Advent candles help us celebrate Christ’s first arrival while reminding us to await His second arrival. And Ash Wednesday, with its outward sign of repentance and mortality, leads us to humble ourselves before God, understanding how desperately we need His saving grace. Finally, the celebration of life on Easter Sunday has far greater meaning now because it is preceded by the sobriety of the death we remember on Good Friday.
This is not to say that incorporating these elements has always been smooth. We’ve learned to introduce them slowly and with great attention to the “why” behind the “what.” Along the way, we’ve had our share of growth opportunities and mishaps. One example happened early on in our journey, when we tried to introduce some ancient call and response types of prayers. The practice led several people to worry that we had become a completely different kind of church. We haven’t yet reintroduced those prayers in our services.
We have found that moving slowly and consistently, explaining the meaning of the practices, and laughing at ourselves through our failed attempts have been the key ingredients to discovering the power of these ancient gifts.
Another example took place during last year’s Ash Wednesday service. During this type of service, ash is used to mark the sign of a cross on each believer’s forehead. This marking symbolizes our own mortality and repentance, as we take up our cross and turn from our sins. Well, our beloved worship leader wanted to add scent to the ashes to create a fuller sensory experience. To do so, he incorporated essential oils, including cinnamon, into the ashes. Little did any of us know that undiluted cinnamon oil burns on the skin. Talk about your full sensory experience. All of us in the service sat wondering what it reveals about our spiritual condition if the ash cross on our forehead feels like it’s on fire. There was a great sigh of relief when our executive pastor let people know what had happened, and a mad dash to the bathrooms ensued as people quickly washed away the painful marker. The next Sunday I formally apologized for turning their Ash Wednesday into a Rash Wednesday.
In these moments and more, we have found that moving slowly and consistently, explaining the meaning of the practices, and laughing at ourselves through our failed attempts have been the key ingredients to discovering the power of these ancient gifts. Just as Isaac reopened the ancient wells of his father to discover pure water, we too can rediscover the meaning of these ancient practices in our churches and experience their fresh water again.
About the Author

Aaron Sutherland is the founding pastor of Cove Church in Eugene, Oregon, and the Director of Multiplication for Pacific Region Open Bible. Along with his wife, Paula, he finds great joy in watching God reveal the new stories being written into the lives of people from every corner of the world.
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Reabriendo los pozos viejos: Llevar la liturgia antigua a la era moderna
Y volvió a abrir Isaac los pozos de agua que habían abierto en los días de Abraham su padre, y que los filisteos habían cegado después de la muerte de Abraham; y los llamó por los nombres que su padre los había llamado. Pero cuando los siervos de Isaac cavaron en el valle, y hallaron allí un pozo de aguas vivas. (Génesis 26:18-19, RVR-1960).
Me convertí al cristianismo en la adolescencia y, hasta ese momento, había tenido muy pocas experiencias en la iglesia. Mi formación inicial como seguidor de Cristo tuvo lugar en la iglesia de la Biblia Abierta, donde encontré una comunidad profunda y experiencias espirituales significativas que sigo valorando. Al mismo tiempo, como en muchas iglesias evangélicas modernas, el contacto con las antiguas liturgias y prácticas de la Iglesia en general era limitado.

Estos pilares tradicionales, que durante milenios habían sido fundamentales para la vida de la Iglesia, habían sido prácticamente eliminados de las iglesias a las que asistía. Me parecía que, en el mejor de los casos, estas prácticas se ignoraban y, en el peor, se miraban con gran recelo. El resultado previsible fue que, durante las dos primeras décadas de mi vida eclesiástica, no llegué a conocer ni a apreciar realmente estas antiguas prácticas litúrgicas. Rara vez pensaba en cosas como los servicios del Miércoles de Ceniza, el Libro de Oración Común y el Adviento, y, si lo hacía, era con una buena dosis de prejuicios. Veía la Cuaresma de la misma manera que veía las lentejas: una experiencia fría y exótica que daba miedo preparar y era dolorosa de consumir.
Veía la Cuaresma de la misma manera que veía las lentejas: una experiencia fría y exótica que daba miedo preparar y era dolorosa de consumir.
Este era mi contexto cuando algunos miembros del personal de nuestra iglesia comenzaron a preguntar si podríamos incorporar algunas de estas prácticas antiguas en nuestra experiencia de adoración en la iglesia. Como se pueden imaginar, dada mi formación eclesiástica, me llevó un tiempo aceptar la idea. Empecé a hacer preguntas, a escuchar y a aprender. Incluso me puse en contacto con un amigo sacerdote anglicano para conocer su opinión sobre el valor de estas tradiciones tan arraigadas. A través de todo esto, Cristo, en su bondad y paciencia, nos ha permitido ahora incorporar muchas de estas prácticas en nuestra experiencia eclesiástica habitual. Me complace informar de que nuestras reuniones tienen ahora una profundidad y un significado maravillosos en nuestras reuniones, ya que hemos adoptado y aplicado algunos de estos elementos del discipulado que han demostrado su eficacia con el paso del tiempo.

Ahora, nuestro tiempo de adoración siempre incluye la lectura pública de un salmo (una práctica que hemos adoptado del Libro de Oración Común) que nos transporta al antiguo himnario de Israel. Tenemos una nueva comprensión de lo que significa renunciar a algo material o para ganar algo espiritual mientras ayunamos durante los cuarenta días de Cuaresma. La época navideña y la ceremonia de encender las velas de Adviento nos ayudan a celebrar la primera Venida de Cristo, y a recordar que debemos esperar su segunda venida. Y el Miércoles de Ceniza, con su signo externo de arrepentimiento y mortalidad, nos invita a humillarnos ante Dios, y a reconocer cuán desesperadamente necesitamos su gracia salvadora. Por último, la celebración de la vida el Domingo de Pascua tiene ahora un significado mucho mayor, ya que va precedida de la sobriedad de la muerte que recordamos el Viernes Santo.
Esto no quiere decir que la incorporación de estos elementos siempre haya sido fácil. Hemos aprendido a introducirlos poco a poco, prestando mucha atención al «porqué» detrás del «qué». A lo largo del camino, hemos tenido nuestras oportunidades de crecimiento y nuestros contratiempos. Un ejemplo ocurrió al principio de nuestro camino, cuando intentamos introducir algunas oraciones antiguas de llamada y respuesta. La práctica llevó a varias personas a preocuparse de que nos hubiéramos convertido en un tipo de iglesia completamente diferente. Todavía no hemos reintroducido esas oraciones en nuestros servicios.
Hemos descubierto que movernos lenta y consistentemente, explicar el significado de las prácticas y reírnos de nosotros mismos a través de nuestros intentos fallidos han sido los ingredientes clave para descubrir el poder de estos antiguos dones.
Otro ejemplo ocurrió durante el servicio del Miércoles de Ceniza del año pasado. En este tipo de servicio, se utiliza ceniza para trazar una cruz en la frente de cada creyente. Esta marca simboliza nuestra propia mortalidad y arrepentimiento, y representa el momento en que tomamos nuestra cruz y nos apartamos de nuestros pecados. Bueno, nuestro querido líder de adoración quiso añadir aroma a las cenizas para crear una experiencia sensorial más completa. Para ello, añadió aceites esenciales, entre ellos canela, a las cenizas. Ninguno de nosotros sabía que el aceite de canela sin diluir quema la piel. Hablando de una experiencia sensorial completa… Todos los que estábamos en el servicio nos sentamos preguntándonos qué revelaba acerca de nuestra condición espiritual el hecho de que la cruz de ceniza de nuestra frente pareciera estar ardiendo. Hubo un gran suspiro de alivio cuando nuestro pastor ejecutivo informó a la gente de lo que había sucedido, y se produjo una carrera loca hacia los baños para lavarse rápidamente la dolorosa marca. Al domingo siguiente me disculpé formalmente por haber convertido su Miércoles de Ceniza en un Miércoles de Erupción.
En este y en otros momentos, hemos descubierto que avanzar lentamente y con constancia, explicar el significado de las prácticas y reírnos de nosotros mismos ante nuestros intentos fallidos han sido los ingredientes clave para descubrir el poder de estos antiguos legados. Al igual que Isaac reabrió los antiguos pozos de su padre para encontrar agua pura, nosotros también podemos redescubrir el significado de estas antiguas prácticas en nuestras iglesias y volver a experimentar su agua fresca
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Sobre el autor

Aaron Sutherland es el pastor fundador de la iglesia Cove Church en Eugene, Oregón, y director de Multiplicación de la región del Pacífico de la Biblia Abierta. Junto con su esposa, Paula, disfruta ver cómo Dios escribe nuevas historias en la vida de personas de todo el mundo.
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The Miracle that is Adelaide
I wonder what happened on all the August 5ths throughout my life. I experienced forty-seven of them as an innocuous number on the calendars of my life: unremarkable, ordinary, plain. I breezed past them without a thought and left them behind without a thought, too.
I will never forget my forty-eighth August 5th. For the rest of my (hopefully) long life, every 5th day of August will be marked in red and circled with a thick highlighter of remembrance. That is the date my husband Josh and I received the phone call that every parent dreads – the kind you read about in someone else’s story and pray never crosses into your own.
But on August 5, 2025, it did.
Fear is many things at once: a glacial wash that starts on your head and drains to your immobilized feet, a taste in your mouth and a sound in your ears, and a fist that strangles your throat.
We were on top of a mountain in Idaho during a church staff retreat when the Life360 app on my phone — an app our family uses to share locations and receive crash or emergency notifications — suddenly and jarringly blared a warning, alerting me that our middle daughter, Adelaide, was involved in a critical incident.
I cannot explain the cold fear that washed over me in that moment. That kind of fear is many things at once: a glacial wash that starts on your head and drains to your immobilized feet, a taste in your mouth and a sound in your ears, and a fist that strangles your throat.

Many frantic minutes later, a deputy called us to let us know that our daughter was involved in a serious car accident and was not doing well. We continued to learn, as we scrambled off the mountain, that she was being life-flighted to the hospital…and that was all we knew.
For nearly two hours.
Fear does another thing: it slows time down to a minuscule crawl that leaves you weeping, screaming, and shaking your fist at the world as you drive at “safe” speeds to where your daughter lies in an unknown state without you.
I will spare the reader from those moments of agony: the prayers that dripped onto my lap, the pleading and begging, brokenness too intimate for anyone but my Father to understand.
I put on the full armor of God in a way I never understood before and will never misunderstand again.
One of the sweetest moments of my existence is the moment I first saw my daughter’s beautiful face as she lay on the emergency room’s gurney, smeared in blood but oh-so alive. Her voice asking if anyone else was hurt, her precious feet sticking out from the blanket, and her fingers curled in mine. The fifth of August will always hold that breathtaking image in my heart.
Adelaide sustained many traumatic injuries from her accident. For that entire first night in the ICU, I was bent over her in prayer, overwhelmed with both terror and joy, each one warring against the other and trying to take control. I battled in prayer for my girl that night, refusing to back down and contending with ferocity. I put on the full armor of God in a way I never understood before and will never misunderstand again.

I kept repeating the 8th and 9th verses of Isaiah 58, sometimes whispering them, sometimes sobbing them, but always experiencing them. There are promises in the Word that you no longer just read but experience; there is a knowing that changes your entire world.
Then your light will break forth like the dawn,
and your healing will quickly appear;
then your righteousness will go before you,
and the glory of the Lord will be your rear guard.
Then you will call, and the Lord will answer;
you will cry for help, and he will say: ‘Here am I’ (NIV).
I called out to Jesus, and He didn’t have to run to answer because He was already there, holding not just me in His arms, but Addy as well.
As I called out to Him, He kept saying, “Here am I.” He continued repeating those words, never growing weary of saying them to me— it was His liturgy over me.
“Here am I.”
“Here am I.”
“Here am I.”

I could hear His love, see His protection, and feel His Presence.
The healing He provided was as stunning as the first break of dawn, filling my feeble world with light. Adelaide’s lacerated lungs were miraculously sealed the next morning. Doctors came into her ICU room and were stunned to see my sweet girl smiling back at them, her healing defying the accident she endured. Today, she wears her testimony on her leg in the form of a gnarly scar, and it is proof of the Lord’s providence and healing that she loves to share with others. He guarded Adelaide on every side, and His purpose went before her. The glory of the Lord was her rearguard, and for that, this momma will never stop praising Him.
Every August 5th and each day that He gives.
*To read more from Melissa and what God has taught her through this event, read her related article: Five Things I Didn’t Know I Needed to Learn About Prayer.
About the Author

Melissa Stelly serves as the executive pastor at Turning Point Church in Spokane, Washington, alongside her husband, Josh Stelly. She has attended Turning Point for thirty-four years. She is the mother of three daughters, adores camping, hiking, and adventuring, is a voracious reader, and considers Mt. Rainier one of the greatest accomplishments the Lord created. Most days in her free time you will find her curled up with a good book or taking a long walk.
