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Cómo escuchar a Dios
Por Dyrie M. Francis
En medio del caos y el ruido de la vida cotidiana, algunos relegarían el escuchar la voz de Dios a pastores y líderes espirituales cuya vocación les exige estar en comunión con Dios para poder ministrar a Su Iglesia. La verdad es que a Dios le complace hablar a sus hijos y que ellos le escuchen. Las Sagradas Escrituras están llenas de ejemplos de individuos, e incluso de una nación, que escucharon hablar a Dios.
Desde el principio, Dios disfrutó de la comunión con Adán y Eva en el Jardín del Edén, hasta que el pecado interrumpió la relación entre Dios y la humanidad (Génesis 3:1-10). Dios habló a Abram (cuyo nombre se cambió más tarde por el de Abraham) y le ordenó que se fuera a una tierra que le daría a él y a sus descendientes si obedecía los mandatos de Dios. Dios prometió bendecir a todas las naciones a través de Abraham (Génesis 12:3). Imagínense a Samuel, un jovencito que oye a Dios llamarlo por su nombre para tener una conversación con él. Jeremías, a quien Dios llamó como profeta a las naciones, se sentía inadecuado para la tarea, pero Dios prometió capacitarle (Jeremías 1:4-10). Éxodo 33:11 dice que Dios habló con Moisés «como un hombre habla con su amigo». Josué, el sucesor de Moisés, tuvo un encuentro con Dios como libertador y Salvador en un momento de derrota militar contra la nación de Hai. Dios reveló a Josué la razón por la que Israel fue derrotada y los pasos para recuperar la victoria (Josué 7:4-11).
El Nuevo Testamento registra muchos momentos en los que Dios habló a los discípulos; por ejemplo, en el Monte de la Transfiguración (Lucas 9:35); a Saulo, el perseguidor de la Iglesia, mientras iba de camino a Damasco (Hechos 9:1-6); y a Pedro mientras estaba en éxtasis en la azotea (Hechos 10:9-16). Por último, Juan, el amado apóstol, quien dejó escrito la revelación de Jesús al final de los tiempos (Apocalipsis 1:11; 2, 3, 22:12,16, 20).
¡Dios quiere hablar todavía hoy con cada uno de sus hijos! Dios habla a través de sueños, visiones, las Escrituras, por sentimientos o pensamientos, y menos comúnmente, audiblemente. Pero. a menudo Sus hijos son insensibles a la dulzura de Su voz.
En una ocasión, cuando mi hijo tenía cuatro años, me preguntó: «Mami, ¿por qué Dios habla tan bajito?».
Le pregunté: «¿Qué quieres decir?».
Él respondió: «¡He intentado oír a Dios, pero habla tan bajito!».
Fue un gran momento de enseñanza unido a un profundo sentimiento de gozo por el hecho de que mi hijo de cuatro años deseara oír a Dios de forma audible. Le animé a que escuchase con más atención e incluso a que le pidiera a Dios que le hablase más claramente. Dios respondió aproximadamente un año después, cuando mi hijo se despertó de repente y preguntó por una misionera por la que nuestra familia oraba con regularidad. Él nos dijo que algo andaba mal con ella. También nos dijo que uno de nuestros pastores locales (a quien mencionó por su nombre) estaba pasando por un problema. Le animamos a orar por ambas personas y nos unimos a él en oración. Poco después, el pastor nos contó que su iglesia estaba atravesando por una grave división. También nos llegó la noticia de que la misionera estaba atravesando dificultades en el extranjero.
Existen cuatro factores que nos ayudan a escuchar la voz suave de Dios: La concentración, el tiempo, la autodisciplina y la fe. Gracias a la bondad y la gracia de Dios, podemos escucharle mientras crecemos en estas áreas.
Factor #1 — LA CONCENTRACIÓN
La distracción es nuestro principal enemigo cuando se trata de escuchar a Dios.
Desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, la plétora de distractores en nuestro entorno personal reclama atención y desvía la atención del Espíritu Santo que mora en nosotros, que es nuestro maestro y guía. Nuestros hogares y automóviles están llenos de aparatos tecnológicos. La cacofonía de géneros musicales, películas, noticias mundiales, deportes y juegos electrónicos compiten por la mente y cautivan el corazón. Beneficiaría a nuestra cultura la orden de Jacob a su familia de despojarse de sus dioses ajenos, purificarse y volver a buscar juntos a Dios en Betel (Génesis 35:2-3). Tristemente, algunos aparatos se llevan ahora a la casa de adoración. Independientemente de la edad, los creyentes deben ser conscientes del impacto de las distracciones y deben apartar en forma intencional un lugar «tranquilo» para reunirse con Dios. Incluso un rincón tranquilo, un clóset si es necesario, un lugar fuera de la casa o apartamento, o un vehículo estacionado puede cambiar la trayectoria de la distracción a la capacidad de discernir la presencia de Dios y escucharlo hablar.
Factor #2 — EL TIEMPO
Todos tenemos las mismas 24 horas diarias, es decir, 1.440 minutos o 86.400 segundos. El dicho popular nos recuerda que «el tiempo perdido no se recupera». Considere los beneficios para la persona promedio que reflexiona sobre el desperdicio de los segundos, minutos u horas gastados en actividades que no fomentan el crecimiento espiritual y opta, en cambio, revertir su rumbo y escuchar y meditar más en las Escrituras y en escuchar a Dios.
Por lo general, nuestras oraciones son más bien monólogos. Hablamos, Dios escucha, y salimos corriendo sin permitirle que nos hable. Culpamos a nuestros horarios sobrecargados por nuestra falta de oración, meditación y de escuchar a Dios. La vida se convierte en un ciclo interminable de actividad tras actividad. Sin embargo, en 1 Reyes 19:12, cuando Elías necesitaba oír a Dios, observó que Dios no se encontraba en el viento ruidoso, ni en el terremoto, ni en el fuego. Elías escuchó a Dios en Su silbo apacible y delicado. ¡Debemos escoger escuchar para oír!
Jesús dijo a sus discípulos: «Apartaos… y descansad» (Marcos 6: 31). Este descanso era más que un reposo físico. Era descansar en Dios, lejos incluso de los milagros de sanidad y liberación y del poderoso avivamiento. Era aprender del amor y la compasión de Dios por los perdidos y quebrantados y recibir poder para ministrar en forma eficaz. El trabajar para Dios no sustituye el descansar en Dios. Jesús elogió a María por elegir «la mejor parte» en contraste con Marta, que se había sumergido en la preparación de las necesidades físicas de Jesús, pero descuidó Su alimento espiritual vivificante en el proceso (Lucas 10:41-42). El ajetreo y las actividades a menudo no edificantes son los enemigos del tiempo que pasamos con Dios, que consumen los insustituibles 86.400 segundos asignados cada día.
Factor #3 – LA AUTODISCIPLINA
La autodisciplina tiene un impacto en nuestra capacidad de oír hablar a Dios. El diccionario Oxford define la autodisciplina como: «La capacidad de ir en pos de lo que uno considera correcto a pesar de las tentaciones de desistir hacerlo». Se cuenta la historia de un pastor asiático que había ministrado todo el día en las aldeas y llegó a casa después de la medianoche. Sin embargo, se despertó a las cuatro de la mañana para orar y buscar la ayuda de Dios para el día. Su compañero occidental, que estaba de visita, se alarmó al ver que el pastor se levantaba tan temprano. El pastor que oraba respondió que necesitaba escuchar a Dios mucho más de lo que su cuerpo necesitaba dormir.
David meditaba en el Señor día y noche (Salmo 63:6; 119:164) y nos exhortaba a ofrecer a Dios los sacrificios de alabanza y acción de gracias. Jesús, modelo de autodisciplina, se levantaba temprano y se iba a un lugar tranquilo para orar y estar en comunión con el Padre (Marcos 1:35). En su momento de mayor tristeza, se separó de los discípulos y suplicó a Dios Padre que le diera fuerzas para afrontar su «Copa» de sufrimiento en el Calvario por nuestros pecados.
Protéjase de la autoindulgencia, enemiga de la autodisciplina. Tenemos la tentación de complacernos más de lo debido a expensas de la autodisciplina, que nos impulsa a seguir haciendo lo correcto a pesar de los desafíos que podamos encontrar. Los versos de un famoso himno, «Llévame al Calvario» (Lead Me to Calvary), refuerzan mi decisión de buscarle a pesar de mis dificultades y limitaciones.
Que esté dispuesto,
Señor, a llevar mi cruz por Ti
Incluso a compartir Tu copa de dolor
Tú lo has llevado todo por mí
No sea que olvide Getsemaní
No sea que olvide Tu agonía
No sea que olvide Tu amor por mí
Llévame al Calvario
Factor #4 – FE EN DIOS
La fe en Dios es fundamental para oírle hablar. Jesús prometió enviar al Consolador, al Espíritu Santo que nos enseñaría todas las cosas (Juan 14:16-17, 26). A menudo, optamos por nuestros caminos y tomamos decisiones basadas en los principios del mercado. Pero la fe se aferra firmemente a las promesas de Dios y no se deja intimidar por las pruebas. El enemigo de la fe es la incredulidad (Efesios 6:16). El escritor del libro de Hebreos enfatizó: «Sin fe es imposible agradar a Dios» (Hebreos 11:6).
Crecer en estas cuatro áreas puede ayudarnos a ser más sensibles a la voz de Dios. Algunas denominaciones cristianas enseñan que Dios no sigue hablando fuera del texto escrito. A lo largo de mi experiencia cristiana, Dios me ha hablado claramente muchas veces. Una vez fue en voz alta, sonando como un trueno. La mayoría de las veces me ha hablado a través de mis pensamientos y las Escrituras. Algunos de Sus mensajes fueron instructivos; otros correctivos o acerca del futuro. Dos de los mensajes advertían de un desastre inminente para nuestra nación que ocurrió el 11 de septiembre y en la Villa Olímpica de Georgia. Testigos pueden testificar sobre estos dos últimos, ya que les informé de la revelación de Dios en una reunión de oración antes de que ocurrieran.
Una de las tareas más difíciles que recibí fue cuando recibí un mensaje para una pareja a la que respetaba mucho y consideraba modelos a seguir. El mensaje de Dios era un llamado al arrepentimiento, o de lo contrario «serían como Ananías y Safira» (Hechos 5). Me quedé petrificada y poco dispuesta, rogándole a Dios que me liberara de esta tarea, ¡pero no lo hizo! Esperaba que no hubiera nadie en casa de ellos, toqué al timbre y corrí literalmente hacia mi coche. Pero antes de que pudiera encender el vehículo, la puerta principal se abrió y alguien dijo: «¡Espera!».
Brotaron lágrimas de temor. Comuniqué el mensaje y emprendí una precipitada retirada. Sólo estaba presente la esposa, que me pidió que no me marchara. Comenzó a llorar y a confesarse.
Me quedé estupefacta. Había juzgado a Dios por ser duro con estos «buenos cristianos». Oré por la familia y me marché entristecida y destrozada. Dios se preocupa de todo lo que nos concierne.
Necesitamos seguir orando para ser sensibles al Espíritu de Dios, tener oídos atentos, un espíritu que discierne y un corazón obediente. Que Él nos ayude a enfocarnos en la «mejor parte» como lo hizo María, a cuidar los segundos y los minutos porque suman días, semanas, meses y años; a crecer en la autodisciplina, y a crecer en la fe alimentada por la Palabra de Dios. De este modo, es más probable que oremos, escuchemos y oigamos a Dios hablarnos. Mantenga abierta la línea espiritual. ¡Dios sigue hablando en nuestra generación (Apocalipsis 3:20)!
Sobre la Autora

Dyrie Francis Obtuvo un Diploma en Enfermería, con un máster en Ciencias de la Enfermería y un máster en Liderazgo Cristiano, vive en el sur de Florida, donde ella y su marido, Karl, fundaron hace treinta años la Iglesia de la Biblia Abierta Living Word, en Cooper City. La congregación está formada por creyentes de 22 países, incluida una minoría de estadounidenses caucásicos. La iglesia celebra la unidad en la diversidad y busca con ahínco el cumplimiento de la Gran Comisión sin distinción de raza o color. Dios y la familia son fundamentales en la vida y el paradigma ministerial de Dyrie. Ella ama a la gente y sirve a través de la enseñanza de la Palabra y el ministerio de la oración. En su vocación de servicio subyace una profunda e ineludible sensibilidad hacia el corazón de Dios sobre la justicia y la situación de los oprimidos. Ella sirve como un puente para muchos y continuará por la gracia de Dios. Dyrie y Karl tienen dos hijos adultos, Jonathan (casado con Andrea) y Bryan (casado con Terrone) y una nieta, Christine Noelle.
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The Church I See
There has been much discussion about the future of the Church. While I’m not a futurist or researcher, I’m grateful for voices that help us think wisely about pursuing the mission of the Church in an ever-changing culture. Researchers like Ed Stetzer and Carey Nieuwhof highlight some encouraging trends, such as revivals on college campuses, rising Bible sales, and Gen Z’s hunger for authentic faith.
I carry deep conviction and a faith-filled anticipation about what I see and am praying for. When I think about the Church and the days ahead, I don’t see a Church in retreat, but I do see a Church being refined – prepared for what God is getting ready to do. A victorious and glorious Church (Eph. 5:27).
When I think about the Church and the days ahead, I don’t see a Church in retreat, but I do see a Church being refined.
Jesus said, “I will build my church, and the gates of hell shall not prevail against it” (Matt. 16:18 ESV). That promise has no expiration date. Jesus is still building His Church today.
As the church advances, it will not stand on programs, buildings, or production. . . it will be built on the authority of Christ and the power of the Holy Spirit.
Across the body of Christ, there is a growing recognition that the future of the Church will not be built by addition alone, but by multiplication. Disciples will make disciples, leaders will develop and release leaders, and churches will plant churches. There are many voices helping to bring clarity to this, and we are seeing that same conviction take shape within Open Bible through our Mission to Multiply and the Power of We.
So, when I think about the Church and what is ahead of us, what do I see?
I SEE A MULTIPLYING CHURCH
We often measure success by attendance, budgets, and programs. While salvations and baptisms remain central, we must expand the scorecard. As Larry Walkemeyer describes in The River Church, we must move from “lake churches” that gather to “river churches” that send – becoming disciple makers who multiply.
The book of Acts shows us a model of a church that did not just meet but multiplied. The future will not belong to churches that simply gather a crowd, but it will belong to churches that make and send disciple makers. Jesus did not commission us to build an audience. He commanded us to go and make disciples (Matt. 28:19). Multiplication begins there – in intentional, relational, Spirit-led disciple making.
Multiplication is not just a strategy or a motto we adopt. It is the culture of Spirit-empowered, disciple-making churches. The Church I see measures health not only by attendance, but by how many are discipled, equipped, and sent to reproduce what’s been invested in them. This is our Mission to Multiply.
I SEE A SPIRIT-EMPOWERED CHURCH
We live in a time of rapid change. Technology, AI, and social media shape how we communicate and connect. These tools can be helpful, but they don’t transform lives. The Holy Spirit does.
These tools can be helpful, but they don’t transform lives. The Holy Spirit does.
Pentecost was Heaven’s defining moment for the birth of the Church and the fulfillment of what Jesus said in Acts 1:8. The early followers of Jesus did not have the influence, resources, or tools we have today. What they had was the power of God. That has not changed!
In the days ahead, more than ever, the Church will move forward not through innovation alone but through consecration. The church I see is unapologetically dependent on the Spirit of God.
I SEE A COURAGEOUS CHURCH
In the book of Acts, every step forward required courage – Peter and John before the Sanhedrin, Stephen in the face of death, Peter going to Cornelius’s home, the sending out of Paul and Barnabas. These were not small steps; they were courageous steps across cultural and spiritual boundaries. The early Church moved from gathering to going, from addition to multiplication. The expansion of the early Church was not accidental. It followed obedience and courage.
The Church I see will walk in that same Spirit.
Courage to preach the truth in love.
Courage to plant in hard places.
Courage to raise and release the next generation.
Courage to choose multiplication over comfort.
Courage to link arms with others for the sake of the greater mission.
Courage to build the Kingdom over our own castles.
We can stand on His promise and by His Spirit knowing “God has not given us a spirit of fear but of power and of love and of a sound mind” (2 Tim. 1:7 NKJV).
I SEE THE POWER OF WE
As we look forward, one of the strongest convictions I carry is this: our future will be stronger through the Power of We.
Individualism limits impact; partnership multiplies it. When we share vision, develop leaders, and align around mission, we step into something far greater than any one church could accomplish alone. I believe the future Church will not thrive through isolation but will flourish through collaboration. The church I see understands that “we” is stronger than “me.”
When we share vision, develop leaders, and align around mission, we step into something far greater than any one church could accomplish alone.
I am confident in what God has called us to:
The church that makes disciple makers will multiply.
The church that depends on the Holy Spirit will endure.
The church that walks in courage will advance. This is the church I see, and I believe we are being invited to build it together.
About the Author

Michael Nortune serves as president of Open Bible Churches. He has ministered in the local church faithfully for thirty-five years. From his start as a janitor and groundskeeper to church planter and lead pastor of Life Church in Concord, California, Michael has had the opportunity to gain experience in every capacity within the church throughout his ministry. Not only does he have hands-on experience on the local level, but Michael has also led at the district, regional, and national levels within Open Bible Churches. Michael and his wife, Julie, currently reside in Colorado and love living near five of their six children and their spouses. They also treasure the time they spend with their other daughter who lives in Alabama with their first (but not the last) grandson!
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Reopening the Old Wells: Bringing Ancient Liturgy to the Modern Age
Isaac dug out again the wells that were dug during the lifetime of his father Abraham. The Philistines had closed them up after Abraham’s death. Isaac gave them the same names his father had given them. Isaac’s servants dug wells in the valley and found a well there with fresh water. (Genesis 26:18-19 CEB).
I came to faith as a teenager and had very few church experiences up to that point. My earliest formation as a Christ follower took place within Open Bible church settings, where I found deep community and meaningful spiritual experiences that I continue to value. At the same time, as in many modern evangelical churches, there was limited exposure to the ancient liturgies and historic practices of the wider Church.

These traditional cornerstones that were foundational to ecclesial life for millennia had been almost eliminated in the churches I attended. It seemed to me that these practices were at best met with ignorance and at worst with grave suspicion. The predictable result was that any real understanding and appreciation for ancient liturgical practices was absent from the first two decades of my church life. I rarely thought about things like Ash Wednesday services, the Book of Common Prayer, and Advent, and if I did, it was with a healthy side dish of uninformed judgment. I viewed Lent the same way I viewed lentils: it was a cold and exotic experience that was both frightening to prepare and painful to consume.
I viewed Lent the same way I viewed lentils: it was a cold and exotic experience that was both frightening to prepare and painful to consume.
This was my context as a few of our church staff began asking whether we could introduce some of these ancient practices into our church worship experience. As you might imagine given my church background, it took me a while to warm up to the idea. I began a process of asking questions, listening, and learning, even reaching out to an Anglican priest friend to hear his take on the value of these long-held traditions. Through all this, Christ in His goodness and patience has allowed us now to incorporate many of these practices into our regular church experience. As a result, I am happy to report that we are experiencing wonderful depth and meaning in our gatherings as we’ve adopted and applied some of these long-proven elements of discipleship.

Our time of worship now always includes the public reading of a Psalm (a practice we have adopted from the Book of Common Prayer) to bring us back to the ancient hymn book of Israel. We have a fresh understanding of what it is to give up something physical in order to gain something spiritual as we fast in the forty days of Lent. Christmas time and the lighting of Advent candles help us celebrate Christ’s first arrival while reminding us to await His second arrival. And Ash Wednesday, with its outward sign of repentance and mortality, leads us to humble ourselves before God, understanding how desperately we need His saving grace. Finally, the celebration of life on Easter Sunday has far greater meaning now because it is preceded by the sobriety of the death we remember on Good Friday.
This is not to say that incorporating these elements has always been smooth. We’ve learned to introduce them slowly and with great attention to the “why” behind the “what.” Along the way, we’ve had our share of growth opportunities and mishaps. One example happened early on in our journey, when we tried to introduce some ancient call and response types of prayers. The practice led several people to worry that we had become a completely different kind of church. We haven’t yet reintroduced those prayers in our services.
We have found that moving slowly and consistently, explaining the meaning of the practices, and laughing at ourselves through our failed attempts have been the key ingredients to discovering the power of these ancient gifts.
Another example took place during last year’s Ash Wednesday service. During this type of service, ash is used to mark the sign of a cross on each believer’s forehead. This marking symbolizes our own mortality and repentance, as we take up our cross and turn from our sins. Well, our beloved worship leader wanted to add scent to the ashes to create a fuller sensory experience. To do so, he incorporated essential oils, including cinnamon, into the ashes. Little did any of us know that undiluted cinnamon oil burns on the skin. Talk about your full sensory experience. All of us in the service sat wondering what it reveals about our spiritual condition if the ash cross on our forehead feels like it’s on fire. There was a great sigh of relief when our executive pastor let people know what had happened, and a mad dash to the bathrooms ensued as people quickly washed away the painful marker. The next Sunday I formally apologized for turning their Ash Wednesday into a Rash Wednesday.
In these moments and more, we have found that moving slowly and consistently, explaining the meaning of the practices, and laughing at ourselves through our failed attempts have been the key ingredients to discovering the power of these ancient gifts. Just as Isaac reopened the ancient wells of his father to discover pure water, we too can rediscover the meaning of these ancient practices in our churches and experience their fresh water again.
About the Author

Aaron Sutherland is the founding pastor of Cove Church in Eugene, Oregon, and the Director of Multiplication for Pacific Region Open Bible. Along with his wife, Paula, he finds great joy in watching God reveal the new stories being written into the lives of people from every corner of the world.
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Reabriendo los pozos viejos: Llevar la liturgia antigua a la era moderna
Y volvió a abrir Isaac los pozos de agua que habían abierto en los días de Abraham su padre, y que los filisteos habían cegado después de la muerte de Abraham; y los llamó por los nombres que su padre los había llamado. Pero cuando los siervos de Isaac cavaron en el valle, y hallaron allí un pozo de aguas vivas. (Génesis 26:18-19, RVR-1960).
Me convertí al cristianismo en la adolescencia y, hasta ese momento, había tenido muy pocas experiencias en la iglesia. Mi formación inicial como seguidor de Cristo tuvo lugar en la iglesia de la Biblia Abierta, donde encontré una comunidad profunda y experiencias espirituales significativas que sigo valorando. Al mismo tiempo, como en muchas iglesias evangélicas modernas, el contacto con las antiguas liturgias y prácticas de la Iglesia en general era limitado.

Estos pilares tradicionales, que durante milenios habían sido fundamentales para la vida de la Iglesia, habían sido prácticamente eliminados de las iglesias a las que asistía. Me parecía que, en el mejor de los casos, estas prácticas se ignoraban y, en el peor, se miraban con gran recelo. El resultado previsible fue que, durante las dos primeras décadas de mi vida eclesiástica, no llegué a conocer ni a apreciar realmente estas antiguas prácticas litúrgicas. Rara vez pensaba en cosas como los servicios del Miércoles de Ceniza, el Libro de Oración Común y el Adviento, y, si lo hacía, era con una buena dosis de prejuicios. Veía la Cuaresma de la misma manera que veía las lentejas: una experiencia fría y exótica que daba miedo preparar y era dolorosa de consumir.
Veía la Cuaresma de la misma manera que veía las lentejas: una experiencia fría y exótica que daba miedo preparar y era dolorosa de consumir.
Este era mi contexto cuando algunos miembros del personal de nuestra iglesia comenzaron a preguntar si podríamos incorporar algunas de estas prácticas antiguas en nuestra experiencia de adoración en la iglesia. Como se pueden imaginar, dada mi formación eclesiástica, me llevó un tiempo aceptar la idea. Empecé a hacer preguntas, a escuchar y a aprender. Incluso me puse en contacto con un amigo sacerdote anglicano para conocer su opinión sobre el valor de estas tradiciones tan arraigadas. A través de todo esto, Cristo, en su bondad y paciencia, nos ha permitido ahora incorporar muchas de estas prácticas en nuestra experiencia eclesiástica habitual. Me complace informar de que nuestras reuniones tienen ahora una profundidad y un significado maravillosos en nuestras reuniones, ya que hemos adoptado y aplicado algunos de estos elementos del discipulado que han demostrado su eficacia con el paso del tiempo.

Ahora, nuestro tiempo de adoración siempre incluye la lectura pública de un salmo (una práctica que hemos adoptado del Libro de Oración Común) que nos transporta al antiguo himnario de Israel. Tenemos una nueva comprensión de lo que significa renunciar a algo material o para ganar algo espiritual mientras ayunamos durante los cuarenta días de Cuaresma. La época navideña y la ceremonia de encender las velas de Adviento nos ayudan a celebrar la primera Venida de Cristo, y a recordar que debemos esperar su segunda venida. Y el Miércoles de Ceniza, con su signo externo de arrepentimiento y mortalidad, nos invita a humillarnos ante Dios, y a reconocer cuán desesperadamente necesitamos su gracia salvadora. Por último, la celebración de la vida el Domingo de Pascua tiene ahora un significado mucho mayor, ya que va precedida de la sobriedad de la muerte que recordamos el Viernes Santo.
Esto no quiere decir que la incorporación de estos elementos siempre haya sido fácil. Hemos aprendido a introducirlos poco a poco, prestando mucha atención al «porqué» detrás del «qué». A lo largo del camino, hemos tenido nuestras oportunidades de crecimiento y nuestros contratiempos. Un ejemplo ocurrió al principio de nuestro camino, cuando intentamos introducir algunas oraciones antiguas de llamada y respuesta. La práctica llevó a varias personas a preocuparse de que nos hubiéramos convertido en un tipo de iglesia completamente diferente. Todavía no hemos reintroducido esas oraciones en nuestros servicios.
Hemos descubierto que movernos lenta y consistentemente, explicar el significado de las prácticas y reírnos de nosotros mismos a través de nuestros intentos fallidos han sido los ingredientes clave para descubrir el poder de estos antiguos dones.
Otro ejemplo ocurrió durante el servicio del Miércoles de Ceniza del año pasado. En este tipo de servicio, se utiliza ceniza para trazar una cruz en la frente de cada creyente. Esta marca simboliza nuestra propia mortalidad y arrepentimiento, y representa el momento en que tomamos nuestra cruz y nos apartamos de nuestros pecados. Bueno, nuestro querido líder de adoración quiso añadir aroma a las cenizas para crear una experiencia sensorial más completa. Para ello, añadió aceites esenciales, entre ellos canela, a las cenizas. Ninguno de nosotros sabía que el aceite de canela sin diluir quema la piel. Hablando de una experiencia sensorial completa… Todos los que estábamos en el servicio nos sentamos preguntándonos qué revelaba acerca de nuestra condición espiritual el hecho de que la cruz de ceniza de nuestra frente pareciera estar ardiendo. Hubo un gran suspiro de alivio cuando nuestro pastor ejecutivo informó a la gente de lo que había sucedido, y se produjo una carrera loca hacia los baños para lavarse rápidamente la dolorosa marca. Al domingo siguiente me disculpé formalmente por haber convertido su Miércoles de Ceniza en un Miércoles de Erupción.
En este y en otros momentos, hemos descubierto que avanzar lentamente y con constancia, explicar el significado de las prácticas y reírnos de nosotros mismos ante nuestros intentos fallidos han sido los ingredientes clave para descubrir el poder de estos antiguos legados. Al igual que Isaac reabrió los antiguos pozos de su padre para encontrar agua pura, nosotros también podemos redescubrir el significado de estas antiguas prácticas en nuestras iglesias y volver a experimentar su agua fresca
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Sobre el autor

Aaron Sutherland es el pastor fundador de la iglesia Cove Church en Eugene, Oregón, y director de Multiplicación de la región del Pacífico de la Biblia Abierta. Junto con su esposa, Paula, disfruta ver cómo Dios escribe nuevas historias en la vida de personas de todo el mundo.
