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¡Y yo creí!

Por Ximena Urra


Nací en Chile, soy la tercera de cuatro hijos. Aunque no vengo de una familia cristiana, mis padres creían en Dios a su manera. Cuando mi padre le propuso matrimonio a mi madre, quiso casarse en una iglesia metodista. Sin embargo, mi madre era católica nominal. En esa época muchos creían que si no te casabas en una iglesia católica y la ceremonia no era oficiada por un sacerdote, ¡no estabas realmente casado! Así que mi madre estaba muy preocupada, por la gran presión por parte de su familia. Una noche, mi madre tuvo un sueño acerca de Jesús. En el sueño, Él bendecía a una novia, como hacen los sacerdotes. Cuando se despertó, pensó: «Dios me está dando la bendición para casarme en la Iglesia Metodista». Así que se casaron. 

Mi padre decidió que criarían a sus hijos enseñándolos a creer en Dios pero no en los ídolos, quería que tuviéramos la libertad de elegir qué religión seguir. Menciono esto porque la salvación llegó a mi familia a través del testimonio de mi padre. 

Familia de Ximena (Chile)

Mis padres trabajaban en un hospital de rehabilitación infantil, mi madre como auxiliar de enfermería y mi padre como administrador. Ambos trabajaban mucho y durante muchas horas para mantener a nuestra familia. Aunque no teníamos mucho, mis padres nos enseñaron a compartir todo lo que teníamos. Cierta Navidad no podían comprarnos regalos, así que nos reunieron para explicarnos el motivo. Aprendimos que estar juntos era el verdadero regalo, y entonces nos animaron a regalar uno de nuestros juguetes para los niños sin hogar. Así que cada uno de nosotros limpió uno de sus juguetes y lo regaló.  

De pequeña, fui una niña de papá. Sólo encontraba refugio detrás de sus piernas. Por alguna razón, siempre tuve miedo y fui muy tímida; sin embargo, cuando estaba con papá, siempre me sentía protegida. Tuve problemas como adolescente. Era muy insegura. Sentía que la gente estaría mejor sin mí. Me sentía pequeña, no querida y no deseada. Los sentimientos eran como una semilla que crecía dentro de mí hasta que contemplé el suicidio. Los pensamientos me atormentaban. Intenté sin éxito acabar con mi vida de varias maneras. Recuerdo que corrí a la calle con la esperanza de que me atropellara un automóvil, pero mi hermana menor me detuvo. Me sentía desesperada. La vida me parecía demasiado difícil para mi. 

Sólo cuando cantaba me sentía mejor. Un día le pregunté a mi madre si podía escucharme cantar y decirme si creía que tenía voz para hacerlo. Por supuesto, le pedí que mirara hacia otro lado, ya que era demasiado tímida. Mientras cantaba, de repente se dio la vuelta y dijo emocionada: «¡Tú puedes cantar!!». ¡Y yo le creí! 

Artículo de prensa sobre la beca 

Durante ese tiempo, mi padre se convirtió y empezó a hablarnos de Jesús. Uno por uno, cada miembro de nuestra familia aceptó a Cristo como nuestro Salvador, todos excepto mi madre y yo. 

Cuando tenía 18 años, tuve la oportunidad de cantar en la televisión como parte de un concurso de canto y gané una beca para estudiar canto profesional. Fue un sueño hecho realidad. Mi madre era mi mayor fan. Mi padre continuó compartiendo conmigo sobre Jesús y me invitó a la iglesia. Asistí ocasionalmente, pero amaba mucho más la música. El sonido de los aplausos me hacía sentir el amor y la aceptación que anhelaba. 

Un día, me invitaron a cantar en la iglesia de mi padre. Nunca lo olvidaré porque fue la primera vez que Dios me habló. Me gustaría poder decir que Dios me dio una palabra de aliento, pero al contrario. Fue una amonestación. Mientras cantaba «Sublime Gracia»(nada menos que con una minifalda, una blusa sin mangas y unas uñas negras que hacían juego con mi corazón), oí una voz que decía: «Este es MI lugar ¡Si quieres fama, vete al mundo! ¡Este es MI lugar!». 

El miedo se apoderó de mí. Empecé a temblar. Olvidé la letra. Era una mentirosa. No entendía lo que era esa sublime gracia. Yo no era ese infeliz salvado. No conocía a Aquel que da gratuitamente esa gracia, pero aparentemente Él me conocía bien. Y yo estaba a punto de conocerlo a Él. 

A medida que pasaba el tiempo, no podía olvidarme del encuentro que tuve con Dios. Sabía que Jesús me llamaba. Estaba en una encrucijada. No podía evitarlo. El domingo siguiente fui a la iglesia y sin esperar el llamado al altar, me arrodillé en el púlpito. Con los ojos llenos de lágrimas, confesé mis pecados. «Señor, yo no te amo. Amo más la música. Pero si eres el Dios de mi padre, ayúdame a amarte más que a nada. Mi vida es tuya. . . . ». 

En ese momento, experimenté esa gracia sublime. La música había sido mi ídolo, y decidí dejarlo todo por Cristo. Dejé atrás mis sueños de ser cantante… así lo pensé. 

Mi iglesia no creía en el bautismo en el Espíritu Santo. Enseñaban que el libro de los Hechos era sólo historia. Aun así, nuestro grupo de jóvenes anhelaba más de Dios; por lo tanto, decidimos reunirnos solo para orar. Mientras orábamos, Dios nos bautizó a todos con el Espíritu Santo, y de repente empecé a adorar en un idioma que nunca había hablado. 

Oí una voz que decía: «Este es MI lugar ¡Si quieres fama, vete al mundo! ¡Este es MI lugar!».

Esto produjo muchos problemas en la iglesia; sin embargo, nuestros testimonios y la pasión por compartir el evangelio con todos los que nos rodeaban era evidente y real. ¿Quién puede decirle a Dios lo que puede o no puede hacer? ¡Lo que Dios comienza el hombre no lo puede detener! El Espíritu Santo es para hoy también 

 ¡Y yo creí! 

Meses después, durante un retiro de jóvenes, el orador invitado compartió sobre «encontrar tu ministerio». Dios me habló esa noche y me dijo: «Predicarás a través del canto, y dentro de poco te sacaré del país». ¡Y yo creí sus palabras! 

Volví a casa emocionada para contarle a mi madre mi experiencia. En ese momento ella todavía no era creyente, así que cuando le compartí lo que el Señor me dijo esa noche, se sonrió y dijo: «No tenemos dinero ni para tomar unas simples vacaciones, ¿y dices que te vas a ir del país?». 

Cuatro meses después me pidieron que me uniera a un grupo de música cristiana. Pensé: «Dios, he dejado de cantar. ¿cómo puede ser esto?». Así que oré al Señor, buscando su guía, y Él me respondió a través de Isaías 12:4-6: 

Cantad a Jehová, aclamad su nombre,
haced célebres en los pueblos sus obras,  
recordad que su nombre es engrandecido.
Cantad salmos a Jehová, 
porque ha hecho cosas magníficas;  
sea sabido esto por toda la tierra.
Regocíjate y canta, oh moradora de Sion;  
porque grande es en medio de ti el Santo de Israel. 

Alrededor de cinco meses después, estaba de gira por los Estados Unidos con el grupo de música cristiana, y mi mamá creyó, ¡fue el último miembro de mi familia en recibir a Cristo! 

Tiempo después, mi madre y yo tuvimos una conversación significativa que resultaría en sanidad para ambas. Ella no entendía por qué le costaba llorar. Humildemente le pregunté si había algo que aún no había confesado a Dios, así que oramos pidiendo la dirección de Dios.  

––«No me viene nada a la cabeza», dijo.  

Pero mientras oraba, vi una imagen con la palabra «aborto». En el mismo instante en que pronuncié esa palabra, mi madre comenzó a llorar, diciendo:  

––«Querida hija, ¡por favor, perdóname!».  

No entendía nada; estaba confundida. ¿Por qué me pedía que la perdonara?  

Continuó:  

––«Cuando estaba embarazada de ti, intenté abortarte. Tu padre no lo sabía. Teníamos problemas económicos. No había forma de alimentar a otro bebé. Cuando se lo conté a tu padre, se molestó mucho y me dijo que no importaba lo pobre que fuéramos, íbamos a tenerte». 

La sanidad que se produjo a partir de un secreto tan oculto fue profunda para las dos. Y por fin pude comprender que los sentimientos de no ser deseada, de no ser amada y de inseguridad eran emociones reales que comenzaron desde el vientre de mi madre. El aborto no funcionó porque yo ERA deseada. ¡Dios me quería! Dios tenía planes para mí. Y al final, ¡mis padres también me querían! 

Ximena con su mama

A veces, compartir nuestra historia puede traer recuerdos dolorosos, pero también nos recuerda la fidelidad de Dios y que todavía estamos en el proceso de ser más como Jesús. 

Pues yo sé los planes que tengo para ustedes—dice el Señor—. Son planes para lo bueno y no para lo malo, para darles un futuro y una esperanza. (Jeremías 29:11, NTV). 

Dios me dio esta promesa. Y yo creí. 

Un día leí un libro sobre la vida de Eliza Davis George, una misionera que sirvió en Liberia. La historia de su vida y su valentía me inspiraron. Yo también quería ser valiente. Decidí que serviría a Dios aunque tuviera miedo. Así que me uní a un equipo en un viaje misionero enfocado en la evangelización dentro de mi propio país. Fue una experiencia increíble ver a Dios moverse de una manera tan sobrenatural. Sabía que era sólo el comienzo de mi viaje en el ministerio. 

Conocí a mi esposo, Pablo, en 1989 durante mi primer viaje a los Estados Unidos. (Este hombre piadoso me seguía literalmente a todas partes, ¡pero esa es otra historia!). Después de un año de cartas y llamadas telefónicas, nos casamos en 1990 y me mudé a los Estados Unidos, donde comencé a trabajar como diseñadora gráfica para una editorial de libros cristianos en Miami, Florida. Mi jefa de entonces vio potencial en mí. Me enseñó todo lo que sabía y siempre me animaba diciendo: «¡Tú puedes hacerlo!». Y yo le creí, así que mi habilidad para el diseño floreció. 

A medida que mi carrera se desarrollaba, también lo hacía mi deseo de servir en las misiones. Pero mi esposo y yo no estábamos de acuerdo. Él solía decir: «¡Serviremos juntos, pero yo no voy a ser misionero ni pastor!». En lugar de ir contra de la corriente, opté por subirme a la ola en oración. Después de cinco años de imponer las manos sobre mi esposo en oración (mientras él dormía), en 1997 Dios puso en su corazón unirse a su primer viaje misionero a Venezuela. Durante ese viaje recibimos una palabra de Dios: «Pronto saldrán del país y se unirán a un ministerio internacional». Y nosotros creímos. 

Continuó:  ––«Cuando estaba embarazada de ti, intenté abortarte.

Muchos años han pasado, hemos servido fielmente a través de varios ministerios como Logos II de Operación Movilización donde visitamos 28 países compartiendo el evangelio junto a 200 voluntarios de todo el mundo mientras trabajábamos en la exhibición de libros flotante, formando parte de las inauguraciones oficiales en cada país, cantando frente a las autoridades gobernantes en cada puerto, visitando orfanatos, escuelas y hospitales, realizando programas al aire libre, proyectando películas de Jesús en los idiomas locales y distribuyendo libros y Biblias. Y a través de los años seguimos preparando grupos misioneros a corto plazo, desarrollando líderes través de INSTE y sirviendo a la Iglesia local y global. 

En octubre de 2016, fuimos ordenados como pastores del Templo de la Biblia Abierta en Miami, Florida. Aquí estamos nuevamente, cerrando el círculo desde el lugar donde comenzamos, pero el viaje de servicio al Señor nunca terminará. Todavía hay mucho que hacer. Sigo aprendiendo y anhelando ser usada por Dios para cumplir sus propósitos mientras confío en que «todo es posible para el que cree» (Marcos 9:23). 

Sobre el Autora


Ximena Urra

Ximena Urra vive en Miami, Florida, junto con su esposo, Pablo Urra. Ambos sirven como pastores del Templo de la Biblia Abierta. Ximena también trabaja como diseñadora gráfica independiente. Han visitado más de 40 países sirviendo en viajes misioneros de corto plazo a bordo del barco LOGOS II de Operación Movilización, y participando en otros ministerios. Ambos recibieron sus diplomas de Biblia y Teología del Seminario Bíblico INSTE Global (IGBC). Ximena forma parte de la Junta Directiva Nacional de Las Iglesias de la Biblia Abierta.

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